
El solo nombre de Antonio Vivaldi anunciado en un programa de conciertos despierta gran interés, y mucho más aún si se lo cita asociado a la interpretación de “Las cuatro estaciones”. Este conjunto suyo de conciertos para violín y cuerdas está anotado en un sitial absolutamente alto en las preferencias del gran público en materia de música docta.
Y justo, Vivaldi se tomó por asalto el más reciente programa – titulado “Cuerdas Tempestuosas - en la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional, porque de sus cuatro partes tres eran de la autoría del llamado “Cura tojo”, estando esos cuatro conciertos como suculento plato de fondo. Anótese que la Sala Sinfónica agotó las entradas para dos funciones. Pero las famosas estaciones vivaldianas no llegaron en su estado original tan escuchado; se interpretaron en lo que se conoce con el agregado de “recompuestas”. Corresponde a una creación del anglo-alemán Max Richter (60) de hace dos décadas.
“Las cuatro estaciones” están y no están en esta propuesta sigloveintera, pues en ellas no se sigue su estricto desarrollo ni aparecen todas sus partes - ¡el icónico comienzo no figura! -, pero sí prevalece el gran esqueleto temático. Sobre éste la recomposición de Richter vuela bastante libre, valiéndose del mismo recurso sonoro vivaldiano, con alteraciones tanto melódicas como armónicas y de ritmo, más solos de violín que pasan de lo íntimo, casi secreto, al virtuosismo más extremo. El minimalismo tan propio de Philip Glass y Steve Reich también se hace notar.
La Sinfónica se hizo presente únicamente con un contingente de cuerdas (30) y la dirección desde el violín solista fue de Daniel Rowland, más que un capo, un genio, uno de los pocos que han grabado esta audacia renovadora tan lograda. Su participación y capacidad para dar cuerpo al todo fue de tal nivel de calidad que ya permite elevar este suceso artístico a lo mejor del año en curso. De tanta excelencia fue el resultado de la interpretación, que el público, masivamente eyectado desde sus butacas, irrumpió al final en una atronadora ovación de pie. Inédito en la Sala Sinfónica.
La primera parte del programa, con unas cuerdas sinfónicas en crecimiento, que partieron en sólo un quinteto junto a señalado solista, se inició con dos obras de Vivaldi: las encendidas variaciones sobre “La Follia”, con su tema tan recurrido en tiempos del barroco, y el famoso Concierto para cuatro violines. Si en una las garras de Rowland se asomaron en toda su magnitud, lo mismo sucedió en ese concierto colectivo, sorprendiendo además la pericia de quienes completaron el cuarteto protagónico.
Dando un descanso al ataque vivaldiano el programa incluyó al término de la primera parte música de nuestro tiempo. Sin virtuosismos ni mayor figuración solista, Rowland comandó una impactante interpretación de “Tenebrae” (Tinieblas) del argentino Osvaldo Golijov (65). Con ese título alusivo al oficio de Semana Santa, es ésta una pieza reflexiva muy personal y nada de breve (15 minutos), en que se plasman angustias y serenidades, conflictos y calmas, en un continuo sonoro de honda penetración e impacto en el alma oyente. Esto se notó en el largo aplauso que premió la interpretación. Luego vendría más con la citada combinación Vivaldi-Richter que a mucha audiencia debe haber pillado de sorpresa.
Este programa poco habitual, sin la Sinfónica en pleno, sólo con cuerdas, dejó en claro una vez más el buen estado en que se encuentra esta agrupación tan activa. Comprobó además que un orgánico reducido suena de maravillas en la Sala Sinfónica.