
Hay hitos que ameritan un esfuerzo no menor para engalanarlos debidamente, siendo menester disponer de una rigurosa congruencia entre el soporte de difusión asociado con el producto ofrecido.
Es el caso del esperado retorno de la ópera en el patrimonial Teatro Municipal de Viña del Mar, pronto a cumplir 100 años de historia. Con una larga ausencia -exactamente, desde una recordada producción de Tosca en el año 2009, a cargo de la entonces Agrupación de Teatros Regionales en Red-, ameritaba una propuesta proporcional al acontecimiento y a la naturaleza del espacio, máxime al contar con importantes referentes de producciones llegadas por muchos años desde el Teatro Municipal de Santiago y otros teatros regionales (Concepción y Talca), más, esporádicamente, producciones locales de óperas de cámara con apreciables estándares de producción.
A priori, la llegada de la reciente puesta en escena de La Traviata, de Giuseppe Verdi, sin duda un título muy querido y de gran popularidad, constituyó una acertada gestión del coliseo viñamarino al promover la reedición en pleno del género lírico como suma de todas las artes escénicas y musicales. Y no siendo el Municipal de Viña propiamente un teatro factoría, encomiable haber liderado un colectivo para el complejo desarrollo de una producción con todos los elementos propios de una puesta en escena, con cantantes, coro, orquesta, escenografía, vestuario e iluminación, amén de una importante labor de difusión previa.
Con un financiamiento desde el Ministerio de las Culturas más diversas colaboraciones de entidades nacionales y locales, del todo plausible la gestión implementada y referente para futuras producciones del rubro. Y no obstante el comprometido impulso del Teatro Municipal viñamarino -reconociéndosele su acertada línea curatorial-, a la luz de lo presenciado en la función inaugural (dos funciones con llenos totales), de alguna forma esta producción no se percibió ideal para las nuevas audiencias locales, optando por una visión algo alambicada, con abstracciones de correctos axiomas, pero con ideas sinuosamente desarrolladas... , amén de una calidad que no tuvo correlato con la envergadura de un señorial y tradicional espacio como el Teatro Municipal de Viña, denotando una limitación de recursos que pudo haberse resuelto con soluciones igualmente económicas, pero de mayor efectividad. Y de plena pertinencia tener presente la coyuntura del extendido receso de la ópera a la zona, ameritando haber discurrido por un enfoque más didáctico para el público iniciado local en el género.
Artísticamente liderado por la compañía Lírica Disidente, se apostó por una atemporalidad, a priori, interesante, en el entendido de relevar el pathos interno de los personajes, y en especial a la recurrente fragilidad de la protagonista. Y si bien el argumento está contextualizado en el siglo 19 (inspirado en “La Dama de las Camelias”, de Alexandre Dumas) reflejando los convencionalismos de la época, a la postre, su trascendencia permite amplias miradas alternativas, como se dio en esta producción.
Lejos de toda rutilancia, se optó por un minimalismo escenográfico en blanco y negro, al igual que el vestuario, con excepción del gris de la protagonista. A la vez, hubo acertados elementos propios del “teatro de máscaras”, reflejado en el maquillaje blanco con contrastantes pinturas en los labios en la mayoría de los protagonistas, recurso eficaz para reflejar interioridades psíquicas y espirituales.
En cuanto a elementos corpóreos, se dispuso de 8 paneles móviles con un fondo negro, cada uno revestido en ambas caras con espejos y fierro a la vista, destacándose el acertado retiro gradual de las guirnaldas florales desde cada panel por parte de Giorgio Germont en la primera escena del segundo acto, reflejando visualmente el despojo de Violetta. Asimismo, hubo malogradas soluciones como prescindir visualmente de las gitanas y toreros en la escena de la fiesta en casa de Flora (explícitamente aludidos en el texto), más una grotesca y de irremediable mal gusto la cama inflable con Violetta moribunda, lindando en el morbo…
En lo musical, hubo desparejos resultados, como una monocorde (y a ratos soporífera) dirección de Miguel Ángel Castro, maestro con sólidas presentaciones previas en conciertos, pero no brindando relieves interpretativos en esta oportunidad, circunscribiéndose no más allá que a una mera marcación. La orquesta, conformada principalmente por una treintena de jóvenes músicos agrupados en la denominada Filarmónica La Traviata, en general con buen ajuste y equilibrio sonoro, aunque escasa la proyección de las cuerdas.
Como Violetta, sólido desempeño global de Annya Pinto, destacada soprano nacional y de ascendente carrera, cuyo desempeño en este rol -el más exigente para su perfil vocal- sin duda la coronó como una indiscutida vencedora. El tenor brasileño convocado, Mauricio Etchebehere como Alfredo Germont, de timbre, línea de canto y caudal erráticos, aunque de arrojada entrega. De imponente presencia vocal y escénica el barítono Leandro Abreu, también desde Brasil, como Giorgio Germont, ostentando acertada vocalidad para el rol, pero de rudimentario manejo estilístico, con un canto basto y de pocos matices. Excelentes los roles comprimarios a cargo de Nataly García (Annina), Pablo Carrasco (Gastone), Íñigo Poutay (barón Douphol), Nikolas Tobar (doctor Grenvil) y muy especialmente Veleria Vega, como Flora. Y el coro, a cargo del Sortilegio Vocal Ensamble, agrupación local con sede en Valparaíso, con satisfactorio cometido, ameritando seguirle su derrotero profesional.
En suma, un regreso de la ópera al Teatro Municipal de Viña del Mar que validó un exitoso modelo de gestión y difusión, pero con una apuesta coyunturalmente desenfocada para la envergadura del coliseo, y distorsionador referente para las nuevas audiencias locales…
