
El programa N° 18 de la temporada oficial de la Sinfónica Nacional, en su sede de la Gran Sala Sinfónica Nacional, estuvo precedido de tres excelentes presentaciones, la primera con una deslumbrante dirección del nuevo titular designado, el finés Ari Rasilainen, como un logradísimo programa barroco en formato de cuerdas comandado por el virtuoso violinista inglés Daniel Rowlands, más el estreno en gran formato sinfónico del “Canto para una Semilla”, de Luis Advis, dirigido por la carismática maestra cubana Yeny Delgado, llegando ahora una esperada y largamente ausente Novena Sinfonía de Anton Bruckner más el estreno del Segundo Concierto para Piano del compositor nacional Andrés Maupoint.
Dirigido por el reconocido maestro chileno Maximiano Valdés, asiduo colaborador de la Sinfónica, abrió con el Concierto de Maupoint, denominado “Aquiles y Pentesilea”, obra de indiscutido oficio para las posibilidades técnicas del piano, y seguramente facilitado al ser el compositor un destacado pianista.
De carácter epopéyico y diametralmente distinto al anterior concierto para piano, este Segundo Concierto se percibe muy original en su temática al inscribirse dentro de la mitología griega, relatando la trama de Aquiles al matar a Pentesilea (reina de las Amazonas) en medio de la Guerra de Troya. Con directos guiños, entre varios, a música de Liszt (en lo brioso), Messiaen (en lo colorístico) e incluso a Berlioz (en lo heroico) más auto-citas de varias obras, principalmente de su aclamada Árbol sin Hojas, se da una biunívoca correspondencia entre el piano y la orquesta (de frondoso orgánico), manteniendo un permanente interés desde el aterrador tutti inicial, pasando por una galería de momentos de tensión-distensión, y coronándose con un clímax en do mayor propio de un estadio de entelequia, raras veces experimentado… Irredargüiblemente, de los más originales y solventes conciertos para piano de un compositor nacional, e inapelablemente, todo un producto de exportación…
Gran cometido del extraordinario pianista nacional Luis Alberto Latorre como solista, con exacta seguridad de toque más completo oficio en las diversas (y contrastantes) exposiciones de carácter. Asimismo, una comprometida dirección de Maximiano Valdés, obteniendo una respuesta de total ajuste de los sinfónicos.
Como inteligente complemento, y luego de casi 30 años de ausencia, llegó la Novena Sinfonía de Anton Bruckner, constituyendo la tercera vez que se ofrecía en Chile. A la vez, un hito que la misma Sinfónica Nacional haya abordado esta sinfonía puesto que en los últimos 50 años sólo había hecho las Sinfonías N° 3, 4, 6, 7 y 8.
Siendo la última obra de este fundamental compositor de la historia de la música, reafirma un profundo auto da fe en cuanto una vida de continua alabanza a Dios. De hecho, esta sinfonía está dedicada a su “amado Dios”, y aunque no alcanzara a completarla (sólo hasta unos pocos esbozos del cuarto movimiento), se dice que el mismo Bruckner habría sugerido (quizás, resignado…) que se ofreciera como final la ejecución de su Te Deum, pieza de innegable valor, pero, de alguna forma, poco idiomática luego del desgarrador tercer movimiento, sustentado por sí mismo como contemplativo final. Incluso, el cuarto movimiento reconstruido y complementado por William Carragan en 1983, de innegables méritos, no logra ciento por ciento el vuelo esperable como orgánico, aunque bastante mejor que la solución de ligar el final con el propio Te Deum bruckneriano…. De ahí, siempre bienvenida la versión con los tres movimientos originales, como se presenció en esta oportunidad…
Notable versión de Maximiano Valdés, reafirmando su afinidad con la música bruckneriana, luego de presenciársele hace dos años con la Filarmónica una deslumbrante versión de la Séptima Sinfonía de este compositor. Ofrecida en inmejorables condiciones acústicas como las brindadas por la Gran Sala Sinfónica Nacional, se trató de una experiencia única e irrepetible, ameritando perseverar programando Bruckner en dicho espacio.
Con autorizada cátedra, Valdés plasmó total consubstanciación, con una lectura de acabado análisis de las complejidades mismas de la partitura, construyendo una sonoridad -con irrefutable oficio-, ora maciza, ora transparente, amén de una adopción de equilibrados tempi, como una galería de logrados matices, acentos y arrebatadoras progresividades expresivas. La Sinfónica, en estado de gracia, dio cuenta de excelencia a borbotones en ensemble y estupenda calidad de sonido. Un triunfo colectivo inapelable y acicate para embarcarse a futuro en un Proyecto Bruckner que contemple aquellas irresponsablemente postergadas sinfonías N° 5, 7 y 8 en la decana sinfónica nacional…
En suma, un programa fundamental entre todo lo presenciado durante el año, por la envergadura de las obras y la solidez de sus resultados…
