Ópera
20 de Octubre, 2026

Traviata viñamarina con blancos y negros

Por Mario Córdova

Después de casi dos décadas de ausencia, el género lírico volvió al Teatro Municipal de Viña del Mar con una ópera completa: “La traviata” de Giuseppe Verdi. El regreso fue en grande, a teatro repleto, con dos funciones cuyas entradas gratuitas se agotaron en pocos minutos. La expectación generada fue enorme, ya que tras el terremoto de 2010 esa sala estuvo cerrada por 13 años. 

La popularísima ópera verdiana no llegó brindando estricta acogida al marco escénico que establece la concepción original, esto es el ambiente burgués de París a mediados del Siglo XIX. Se sabía que ello sería así porque la producción estaba en manos de Lírica Disidente, una organización artística con bastante camino recorrido, cuyo sello es la representación de las obras del género con miradas contemporáneas, tantas veces no ajenas a la rareza, lo disruptivo, e incluso provocador. Puede afirmarse que las propuestas de Lírica Disidente suelen no dejar a nadie indiferente.

Pero aquí la propuesta comandada por Ignacio Javier Ramírez fue bastante conservadora, sin mayores intervenciones en materia de dirección teatral, observándose ciertos rasgos de “disidencia” en los aspectos visuales del espacio escénico, el vestuario y el cuadro final. 

En una suerte de caja negra donde lo volumétrico eran ocho paneles-espejo movibles, se desarrolló la acción con el coro y todos los personajes vistiendo de blanco radiante y plateado; sólo los Germont padre e hijo fueron trajeados de rigurosos negros. En la escena e iluminación la ausencia de colores fue total.  

Cuando todo había avanzado en esa espacialidad tan desnuda, llamó la atención la extravagancia extrema que trajo el acto final, con la agonizante Violeta casi invisible, sumergida en un descomunal colchón plateado, no sólo inestable y bamboleante, sino también denotando demasiado protagonismo visual. 

El momento más colorido de la ópera – el festejo cantable y bailable hispano, de gitanas y toreros – pasó demasiado deslavado; iniciado con un parecido a un desfile de modas, decantó en un estático y blanqueado canto coral. Nada más.  

El servicio musical tuvo desempeños que se recibieron satisfactorios. La soprano Annya Pinto (Violeta) fue la mejor, abordando con sobrada holgura el que acaso sea el personaje más comprometedor de su carrera.  El rol exige demasiado, desde la ágil y elevada coloratura inicial hasta el dramatismo final, pasando por un largo acto segundo agotador. Con una caracterización no del todo explicitada, ella superó algunos escollos de afinación y, al igual que lo que afectó a sus colegas cantantes, debió enfrentar descoordinaciones con la orquesta, pero salió adelante con éxito.

El brasileño Mauricio Etchebehere (Alfredo Germont) no convenció, ya que su timbre inclasificable no lució la condición esperada de un tenor lírico neto, aun cuando brindó certeros agudos. Su emisión fue muy desigual en volumen, pasando de un instante a otro desde lo muy fuerte a lo casi imperceptible. 

El barítono también brasileño Leandro Abreu (Giorgio Germont), en cambio, exhibió una fuerza vocal enorme. Con un timbre adecuado al rol, su canto pudo ser mejor, pues se vio bastante perjudicado, enfilado hacia la rudeza, debido a que el exceso de vigor pudo más que las sutilezas y los matices.

El grupo de comprimarios y el coro, presentado como Sortilegio Vocal Ensamble, cumplieron con bastante eficacia. El ocasional conjunto instrumental de 35 integrantes, llamado en esta ocasión Orquesta Filarmónica La Traviata, brindó el justo apoyo, dirigido por Miguel Angel Castro, con algunos pasajes de excesiva lentitud.  

Más allá de lo convencional y lo excéntrico que tuvo esta versión de “La Traviata”, como también más allá de ciertas insuficiencias musicales, debe reconocerse el inmenso valor que trajo este regreso operístico al Teatro Municipal de Viña. Hubo dos funciones repletas - ¿2.000 asistentes? -, que con toda seguridad convocaron a muchos primerizos en la comparecencia ante el fascinante género lírico, tan esquivo en regiones. 

Cabe preguntarse con qué noción de la verdadera “Traviata”, la original, se quedó ese público debutante…

Ahora a esperar que Lírica Disidente pronto reaparezca con alguna producción que genere más debate.