Cine
06 de Febrero, 2026

Touki Bouki

Por Álvaro Inostroza Bidart

París es la ciudad soñada no solo para los americanos, sino principalmente para los africanos que alguna vez fueron colonia o protectorado francés; ya que representa la cultura, la libertad y la posibilidad de una vida mejor, aunque esto no siempre se cumple.

Este sueño es la motivación central de los personajes protagónicos de “Touki Bouki” (1973), cinta dirigida, escrita y producida por el cineasta senegalés Djibril Diop Mambety; que narra la historia del pastor de vacas Mory (Magaye Niang) y la estudiante universitaria Anta (Myriam Niang), que una vez que se conocen y se hacen amigos, comparten el anhelo de irse a vivir a París, a pesar de que no tienen los medios económicos para hacerlo. La película relata, precisamente, todas las peripecias que deben pasar antes de conseguir el dinero para los boletos en barco, que los llevará a la Ciudad Luz.

Toda esta aventura, que servirá para retratar la vida en Dakar, capital de Senegal, su zona central, su periferia, su pobreza y su colorido; está muy bien contada, con muy buen lenguaje cinematográfico y de una forma muy entretenida; que recuerda a las películas del primer Jean Luc Godard.

Diop Mambety (1945-1998), fallecido en París a los 53 años, dirigió además sólo cuatro largometrajes: “Badou Boy” (1970), “Hienas” (1992), “El Francés” (1994) y “La Pequeña Vendedora del Sol” (1999); que lo posicionaron como unos de los directores más importantes del continente africano.

“Touki Bouki” es considerado uno de los filmes más destacados de esta filmografía. Por varias razones. La más notoria es por el buen uso del lenguaje cinematográfico. La cinta comienza con la imagen de un rebaño de vacas, liderado por el pastor Mory, que se viene acercando a una cámara fija, en un paisaje seco y devastador, para retratar de inmediato lo que es vivir en África.

Por si esto no bastara, la segunda escena se desarrolla dentro de un matadero, en el cual el espectador presencia reiteradamente la faena de matar y desangrar a las reses, con la sangre corriendo a raudales y los terribles estertores agónicos de los animales. Después de esto, todas las peripecias que pasan los protagonistas y la vida en Dakar, es una maravilla al lado de estas imágenes iniciales, que nos indican que no debemos acomodarnos tanto en nuestros asientos; porque lo que presenciaremos no es ningún paraíso. Los protagonistas sufrirán agresiones gratuitas, tanto de envidiosos como de la familia, porque no aceptan ni entienden su modo de vida, que coloca en el centro la libertad y el movimiento.

Pero Diop Mambety no opta por un crudo realismo. La pareja se desplaza en moto por el país, vehículo que tiene un cuerno gigante de vaca en su parte delantera; y mediante pequeños robos se las arreglan para sobrevivir, hasta que dan un buen golpe, al robarle dinero y ropa a un rico homosexual; lo que les permitirá comprar los pasajes a París, con dispar efecto en la excéntrica pareja, que por momentos llega a ser surrealista, tanto como la cinta. Esto porque ciertas escenas carecen de trama, quedándonos con el divagar de los protagonistas por una árida y pintoresca Senegal.

En esta vida, que Mory y Anta quieren hacer extraordinaria, el paisaje y el mar son fundamentales; así como la música, que siempre representa el anhelo de una vida mejor. Las canciones de Josephine Baker y la música de los africanos Aminata Fall y Mado Robin aluden a otra realidad; aunque, como dice el poeta Cavafis, la Ciudad la llevamos dentro adonde vayamos.