
Los nombres de fantasía que en el último tiempo se están asignando a los programas de nuestras grandes orquestas muchas veces no muestran ninguna conexión con sus contenidos. Pero esta vez el título elegido - “Primeros acordes”- para la más reciente presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional si lo mostró.
Dos de las tres obras que conformaron el programa eran creaciones muy tempranas de sus compositores. Casi primeras.
Del chileno Sebastián Errázuriz (50) se interpretó su “Estudio Sinfónico N° 1”, pieza de hace tres décadas, cuando daba sus pasos iniciales. Estando ajena a la fuerte oleada de exploraciones sonoras, tantas veces incomprensibles, que ha inundado la inventiva docta chilena más actual, esta obra goza de amabilidades melódicas, vitrineando sobre ánimos épico-epopéyicos que sugieren ser música asociada a imágenes. Su paseo multi temático mantiene muy viva la expectación de la audiencia, característica de la que Wolfgang Wengenroth, director invitado, extrajo jugosos frutos.
Absolutamente primeriza es la Sinfonía en Do del francés Georges Bizet, compuesta a los 17 años, sin permitir su publicación y divulgación, hecho que vendría a darse a partir de su exhumación, ocho décadas más tarde. Admitiendo que esta obra no suele ser incorporada en el potente repertorio universal de las grandes sinfonías y recibe calificativos siempre positivos (o compasivos) como “bonita” o “entretenida”, la batuta del maestro Wengenroth supo elevarla a esa categoría de grande de verdad. La versión brindada ascendió a unos niveles de nobleza y claros vigores raramente presentes sobre esta sinfonía, sin abandonar la agradable frescura y el ánimo juvenil original. En una interpretación que fue una joya, los mayores brillos estuvieron en el segundo movimiento, de una calidad íntima y ensoñadora, que luego dio paso a un scherzo, cuyo elegante aire danzante enrieló su melodía por un ritmo tan contagioso como deslumbrante. ¡Bravo Maestro!
La parte central del programa fue el Concierto N° 1 para violoncello y orquesta de Camille Saint-Saëns, con James Cooper (miembro de la orquesta) como solista, siguiendo la buena política de la agrupación de destacar sus mejores integrantes. Estadounidense radicado en Chile, este cellista hizo honor al título del programa al dar su “primer paso” como solista en una gran obra, dejando la masa orquestal para lucirse en tono mayor. Impresionó su arrojada seguridad y solidez interpretativa, privilegiando sonoridades que dieron una presencia muy única a su instrumento, de magníficos graves, El marco acompañante de Wolfgang Wengenroth fue notable en todo momento, con un refinado minueto orquestal central para él solo.