
Cada año, cuando se asiste al comienzo de temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil OSNJ, espolón de proa de la FOJI, debe tenerse en consideración que, en cierta medida, se está ante una agrupación nueva.
Ello porque en diciembre deben abandonarla quienes ya han cumplido 24 años, la edad límite de pertenencia, dejando vacantes que son reemplazadas por nuevos postulantes. Además, cada miembro estable es sometido a concurso para continuar la estadía. Así, Sinfónica Juvenil presenta cada inicio de temporada una cara bastante renovada.
Con esa importante premisa ha de considerarse que la reciente partida anual (jueves 30, Sala Corpartes) fue un triunfazo. Bajo la conducción de su maestro titular Paolo Bortolameolli los sinfónicos juveniles entraron por la más ancha de las puertas. El imbatible programa triple ofrecido, además, fue cómplice decisivo del éxito interpretativo.
La partida con la obertura “Egmont” de Beethoven fue un acierto para lograr una plena conexión con el público (sala repleta). El avance de vigor sinfónico que la obra va desplegando fue muy bien manejado por la batuta, encendiendo el animo auditivo en el victorioso final.
Y luego, un gran contraste, pues siguió el Adagietto de la Sinfonía N° 5 de Gustav Mahler. Si la muchachada volcó máxima fuerza en aquella breve pieza beethoveniana de aires libertarios, aquí dio el salto a un intimismo ingrávido en que la agrupación, reducida a su contingente de cuerdas más arpa, pareció flotar sobre una meditación inundada por el sosiego y la nostalgia. ¡Puro sentimiento!
Para el final se dispuso la Sinfonía N° 5 de Tchaikovsky, obra tal vez muy frecuentada en nuestras salas de concierto, pero siempre bienvenida, más aún por constituir aquí una suerte de cuota de incorporación de la “nueva” orquesta juvenil.
Grandes obras sinfónicas a toda orquesta - las de Mahler en la delantera - han marcado de modo muy especial la exitosa carrera de Bortolameoelli, razón por la que su versión de esta célebre partitura del repertorio ruso era esperada con expectación. No siendo la más colorida en orquestación esta Quinta es a cambio de una gran intensidad, por cuanto pone el fatal tema del destino en todos sus movimientos, característica que la batuta supo impregnar con total pericia en los atentos dirigidos.
Así, la sinfonía arrancó con una muy lograda oscuridad sonora y terminó en la más alta luminosidad, venciendo jubilosa, en tono mayor, esos insistentes llamados fatídicos del destino.
Sabido es que el comienzo del segundo movimiento, con un largo solo de corno francés, suele provocar tiritones de nervios a los más experimentados instrumentistas. En esta ocasión el muchachín a cargo de ese pasaje, se lució por entero, recibiendo una cerrada ovación en los saludos finales.
Bien por este primer concierto. Bien por la renovada orquesta. Y bien por Paolo Bortolameolli, que con estos resultados deja ver un arduo período de ensayos.
¡Larga vida para la FOJI y sus orquestas!