Música
04 de Septiembre, 2026

Sinfónica en modo gringo

Por Mario Córdova

Lo que hace unas décadas no se daba, hoy en día es cada vez más frecuente el encuentro con programas de concierto de nuestras principales orquestas que incluyen únicamente obras sigloveinteros. Eso sucedió en la más reciente fecha de la temporada 2026 de la Orquesta Sinfónica Nacional, que recibió esta vez al australiano Vladimir Fanshil como director invitado. 

La ocasión no sólo concentró música de la pasada centuria, sino que, además, estampó muy fuerte el sello de su procedencia “Made in Usa”, con grandes aproximaciones al jazz y el blue, algo tan típicamente gringo. 

Ahí estuvo el famoso Concierto en Fa, para piano y orquesta de George Gershwin, réplica de su singular “Rapsodia en blue”, con su tan atractiva fusión de tradiciones románticas europeas y esas expresiones que también saludan al charleston. El solista fue el estadounidense Norman Krieger, quien desempeñó un rol que puso muy bien en su lugar tanto la amable melancolía como el virtuosismo muy cercano al desenfreno. Prueba de ello fue la entrañable exposición inicial, tan yanqui, del 

segundo movimiento y aquella sección final, cuyo ardiente campaneo siempre quiere estar presente ante contrapuntos instrumentales. En algunos pasajes del movimiento inicial el teclado fue avasallado por la potente orquesta.

Siempre en la tónica gringa, siguieron las “Danzas Sinfónicas de West Side Story” de Leonard Bernstein, suite que rescata temas del musical que nuestra comarca conoció como “Amor sin barreras”. Empapado de sones y ritmos jazzísticos, este súper hit del Siglo XX, desprende un fuerte sabor neoyorkino de tráfagos de la Fifth Avenue y quietudes melódicas marca USA. El ritmo sincopado no se despega de una música que alcanza su clímax en aquel “Mambo” que resucita difuntos y que debió ser repetido. El maestro Fanshil se lució con una dirección a ratos muy contoneada, que en todo momento ejerció plena justicia sonora sobre la gran masa orquestal, imponiendo a los sinfónicos una milimétrica exactitud en la constante maraña de ritmos, entradas, cortes y silencios que impone la partitura.

Con una desconexión muy pronunciada con la música de luego vendría, la jornada partió con música de fabricación chilena. Y de la mejor, pues se interpretaron los “Preludios dramáticos” de Domingo Santa Cruz, trilogía sinfónica de 1946 que engalana el legado de honores de nuestros grandes compositores. 

Ajenos a cualquier asomo nacionalista, estos preludios portan sones muy propios de los repertorios postrománticos e impresionistas.

Con su nombre muy bien asignado, los dos primeros (“Presentimiento” y “Desolación”) apelan a un dramatismo profundo, íntimo y de sosiegos; el tercero (“Trágico”), en cambio, es más inquieto y turbulento, con un desarrollo galopante que recuerda el final de “Dafnis y Cloé” de Ravel. Fanshil supo encarar estas piezas con notable expedición, transitando con entero control del hondo lirismo a la angustia casi explosiva.