
Una semana después de haberse encaramado en las complejidades de la “Sinfonía Alpina” de Richard Strauss con un plantel aumentado a más de un centenar de músicos, la Sinfónica Nacional ha retomado su conformación acostumbrada. Dejando por un momento la temporada oficial, ha dado inicio a una serie de cuatro presentaciones bajo el título de “Conciertos Familiares”.
Estos son cuatro programas de una hora y poco más de duración, sin intermedio, que visitan un puñado de obras breves de máxima popularidad del repertorio selecto y que, ¡vaya si es importante!, cuentan con el agregado de un actor-narrador que va introduciendo cada pieza interpretada dentro de un relato global unificador. Excelente idea para formar audiencias.
Cuando ya se va a cumplir un año en que esta orquesta carece de un director titular, la agrupación sigue con ese cargo vacante, siendo Barbara Dragan quien más ha subido al podio dentro de la larga galería de maestros visitantes. Ella fue quien condujo esta primera fecha de la señalada serie, contando con el concurso de Jorge Arecheta a cargo de una entretenida narración a modo de cuento, concebida por Mariana Muñoz.
Esta vez el relator tomó el rumbo de una ansiosa búsqueda de Odette, una muchacha aparecida en sus sueños y asociada a un poema en forma de décima. El afán investigador se instaló en el mismísimo Santiago, explorando en lugares tan familiares como el Club Hípico, el Gam, la Estación Central o la Quinta Normal, sirviendo de base para ir cuenteando e introducir la media docena de trozos del programa.
Dominó la música de ballet con el bailable de “Aida” de Verdi, la Bacanal de “Sansón y Dalila” de Saint-Saëns más el tema principal y el Vals de “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky.
Todo partió con una brillante obertura de “Caballería ligera” de Von Suppe. También se incluyó el movimiento final de la Sinfonía “Desde el Nuevo Mundo” de Dvorak y, como conclusión, la famosísima marcha “Pompa y Circunstancia N° 1” de Elgar, el momento más lucido de Dragan, en que la flema inglesa muy victoriana inundó la Sala Sinfónica.
Más que entrar en detalles de análisis del servicio interpretativo de esta jornada, que fue muy bueno, parece más oportuno destacar lo que significa ofrecer experiencias como ésta. Aquí la gran música es la reina, ocupando un sitial de absoluto dominio, pero presentada bajo una fórmula muy amable y bien estructurada, que privilegió una misión didáctica y formadora de audiencias.
Ya que había una gran pantalla donde iban apareciendo proyectados los versos de aquel poema inicial, hubiera sido un aporte muy útil para la memoria la cita exacta de cada pieza interpretada, con el nombre de su respectivo compositor. Para otra vez será.