
No hay vuelta que darle: las presentaciones de la Orquesta de Cámara de Chile, OCCH, son una constante caja de sorpresas. Con la llegada de Emmanuel Siffert como su Director Titular, hace tres años, esta agrupación que opera al amparo del Ministerio de Cultura emprendió la misión de dar un importantísimo vuelco renovador a los repertorios orquestales ofrecidos en nuestro medio, algunos ultra trillados. Así, quien asista a cualquier programa de las amplias temporadas de la OCH se encontrará siempre con obras de gran valía, pero que suelen permanecer olvidadas o son definitivamente ignoradas.
Debe valorarse que estas temporadas se desplieguen con tres funciones gratuitas para cada fecha en diferentes comunas santiaguinas, teniendo lugar la tercera en el obligado Teatro California (Ñuñoa).
La más reciente presentación de la OCCH continuó sin tranzar un ápice con esa misión rescatista, mostrando un programa que develó tres obras desconocidas de Robert Schumann, agregándose otra de Leos Janacek.
De este compositor checo tan poco divulgado se interpretó su Concierto para violín, inacabado, completado, reorquestado y finalmente intervenido por quien aquí fuera su intérprete, William Harvey, Concertino de la Sinfónica Nacional de Méjico, gran solista, de gestos amistosos y pinta de niño bueno. Su dominio sobre la exigente pieza fue supremo, venciendo plenamente un enjambre rítmico traicionero que está en constante acecho.
Schumann hizo su entrada con la obertura “Hermann y Dorothea”, cuya dulzura y amabilidad melódica asciende con la inclusión de los sones del himno “La Marsellesa”, a lo que la batuta de Siffert sacó un partido admirable.
Con Harvey nuevamente de solista el programa trajo más lado B en materia de repertorio. De Schumann llegó su Fantasía para violín y orquesta, obra injustamente postergada, no obstante haber sido caballo de batalla de Jospeh Joachim, aclamado violinista del Siglo XIX. De una partida de sosiegos esta pieza va aumentando en dificultades y virtuosismos “a la Paganini”, desafíos por los que el solista invitado pasó como si nada se le opusiera. Al largo aplauso con que se premió su excelente interpretación éste agregó un novedoso arreglo, seguramente suyo, del “Claro de Luna” pianístico de Debussy.
Para el final. más lado B de Schhumann, con el estreno en Chile de su temprana Sinfonía “Zwickau”. Es una obra inconclusa, sin numeración Opus, a la que la posteridad llamó dándole el nombre de la ciudad natal del compositor. Previa a las posteriores cuatro sinfonías completas, numeradas muy famosas, en ella el ímpetu sonoro y los ataques rítmicos prevalecen ante mayores desarrollos temáticos o melódicos. Esos aspectos se vieron muy fortalecidos por la conducción de Siffert, muy hipervitaminizada.