Ópera
27 de Mayo, 2026

“Rigoletto” en Corpartes: un lujo musical y actoral

Por Mario Córdova

Cada día más consolidada, la empresa Merlin Producciones, con Gian Paolo Martelli a la cabeza, sigue sellando su exitoso propósito de producir representaciones operísticas desde un ámbito 100% privado.

Habiendo ya presentado media docena de títulos en la sala CA660 de Corpartes, ha repuesto “Rigoletto”, opera ya mostrada en Rancagua hace tres años. Su gancho seductor para el público señalaba ser la versión original censurada -  titulada “La maledizione” –, no teniendo mayores diferencias que los nombres y perfiles de los personajes, la locación francesa y un aria muy belcantista extra asignada a Magdalena. El argumento y la música son lo mismo del célebre “Rigoletto”.

Con un admirable ñeque de gestión organizacional que la obliga a optimizar recursos. Merlín vuelve a hacer honor a su nombre y logra mágicos resultados con este nuevo cometido, ahora muy internacional. Podría decirse, sin exagerar, que esta producción de “Rigoletto” es un lujo en lo musical.

Superando con inteligencia las limitaciones impuestas por el  acotado escenario del recinto, no del todo apto ni equipado para montar óperas a lo grande, el diseño espacial para los cuatro cuadros diferentes de este montaje ha sido resuelto con honestidad y practicidad. Funciona y convence plenamente.

La cobertura musical y actoral ofrece un servicio de primerísima calidad. La Orquesta Filodramática es conducida esta vez por el italiano Giovanni Panella, quien despliega un trabajo sobresaliente, muy cuidado, expresivo, casi cantando y respirando con los solistas y el coro masculino. Sorprendente es su trabajo acompañante a todo lo largo, destacando momentos cúlmine, como el aria “Caro nome” y el dramático pasaje desde “La donna e mobile” hasta el impactante final.

El barítono mejicano Carlos Almaguer (Rigoletto) parece llevar el rol en la sangre, con una interpretación de completa solidez integral como cantante y actor que apabulla ya desde su entrada; claro que a la proyección de un volumen casi siempre excesivo podrían pedírsele mayores matices, sobre todo en las escenas de canto a dúo o más. Su timbre oscuro es del más alto impacto.

Gilda (Gilda - Bianca) es la soprano brasileña Raquel Paulín, otro gran éxito. Un canto inicial que pudo parecer tímido y demasiado colorido, pronto devino en más y más bondades que la llevaron a enfrentar de modo soberano tanto un “Caro nome” plagado de elevados artificios como un aguerrido dúo de la “Vendetta”. 

Ante la ausencia de anunciado tenor chileno Diego Godoy, su reemplazante, el italiano Alessandro Scotto De Luzio (Duque – Rey) tal vez fue mejor; brindó un desempeño ejemplar. El también partió con un aria inicial – ¡demasiado inicial! – algo fría y retenida, pero muy pronto enfiló por rutas muy ascendentes y bien proyectadas en arias, la cabaletta (sin agudo final),  una formidable y recia “Donna è mobile” (con aquel do pendiente) y el gran cuarteto “Bella figlia dell’amore”. Se apreció en este artista al que acaso sea el mejor tenor de todas las producciones de Merlín.

En los roles secundarios se lució la mezzo chilena Gloria Rojas (Magdalena - Maguellona), destacando aquella desconocida aria adicional, el bajo cubano-chileno Homero Pérez-Mirranda enrolando con iguales buenos resultados a Monterone-Signore di Saint Villier di Poitiers y Sparaficulle-Saltabadille) y Claudia Lepe (Giovanna). Hubo varios más, todos muy bien.

El coro en esta ópera precisa solo de un plantel masculino, teniendo aquí a una veintena de voces firmemente viriles y afiatadas. La escena del rapto es fue gran momento, magníficamente conducido por Panella.

En suma, este “Rigoletto”, que pretende ser diferente, fue el de siempre, servido en una producción musical a la que el calificativo de excelente puede quedarle chico. La dirección teatral (regie) de Martelli fue otro gran aporte, respetuoso del libreto y detallista. Bravo.