Música
20 de Julio, 2026

Reichel venció la lluvia y la modernidad sigloveintera

Por Mario Córdova

Para tenerlo en cuenta: el más reciente programa de la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional incluyó el Concierto para violín de Tchaikovsky, obra que también estuvo en este ciclo el año pasado y el antepasado. Agréguese que igualmente se lo escuchó en 2025 en la temporada de la Orquesta Filarmónica de Santiago.  

Tan cercanas coincidencias y el hecho de tratarse de una pieza del primerísimo circuito, ultra conocida y profundamente internalizada por las audiencias, hizo que este cuarto encuentro se la esperara con oídos aguzados y exigentes. Considérese, además, que en las anteriores ocasiones, sólo con violinistas internacionales – checa, ucraniano y ruso – se ofrecieron algunas versiones cercanas a la referencia absoluta. 

Con sólo una función de las dos programadas, debido a los estragos de un gran temporal, esta vez el célebre concierto mostró su debut en la gran Sala Sinfónica Nacional, con un violinista chileno, Marcelo González, integrante de la señalada orquesta, y la dirección de Helmuth Reichel, también chileno, radicado en Europa.

Exhibiendo un arrojo y seguridad ejemplares este solista superó con creces apariciones anteriores (Mendelssohn, Brahms, Saint-Saëns…), entregando una versión notable, ahora navegando en aguas más profundas. Sólo el extenso primer movimiento le presentó algunas dificultades tanto en la perfecta afinación como en la digitación de los pasajes más ágiles, en que hubo tendencia a ralentizar. Este recurso se hizo notar en los pasajes de entradas orquestales, en que la batuta de Reichel impuso fuerza y velocidad mayores.

Si el sosiego del segundo movimiento trajo a un violinista de mucha expresividad, el tercero dejó ver en González a un artista pleno. Los prolongados aplausos que premiaron su interpretación fueron propinados con una pieza de Bach.

La jornada se inició con “El angelito de Violeta” de Luis Saglie, fantasía para orquesta de cuerdas que visita el legado melódico de la famosa cantautora chilena. Su desarrollo transita, acaso de modo extremadamente fugaz, por arreglos de varias de sus conocidas canciones, unos mejor logrados e hilvanados que otros. La inventiva del compositor pasa de lo más convencional a la audacia cuando aparece “El gavilán”, con el atractivo de las cuerdas en pizzicato, los sinfónicos susurrando palabras y golpeando sus instrumentos. Todo un acierto.

El plato de fondo fue el “Concierto para orquesta” del polaco Witold Lutoslawski (1913-1994), trayendo consigo la modernidad sigloveintera y el momento en que Helmuth Reichel ascendió a la cima. La obra, en igualdad de complejidades con “La consagración de la primavera” de Stravinsky, debe admirarse y apreciarse como una de las máximas creaciones sinfónicas del Siglo XX, obligando a ese comentarista a elogiar su inclusión en esta temporada. 

Su título no puede estar mejor puesto, por cuanto toda la enorme orquesta (¡qué percusión!) como muchos de sus instrumentos a nivel individual tienen mucho que decir, situando al director ante una maraña de cambiantes exigencias de sonoridades y rítmicas. Sobre ellas Reichel se plantó como un gran soberano, recibiendo ovaciones que hacen pensar que la obra debiera programarse con mayor frecuencia.