
Retratar seriamente el mundo de la violencia, en torno al narcotráfico y a otros delitos como el robo de autos caros, no es tarea fácil; ya que no se trata sólo de juntar una serie de escenas de acción y agresividad con buen ritmo narrativo, sino además de construir personajes creíbles; cuyas acciones se expliquen de alguna manera, ya que la furia humana no es gratuita y responde a factores sociales, familiares, psicológicos y económicos, entre muchos otros.
Esto queda claro luego de ver “Pusher 2: Con la Manos Ensangrentadas” (2004), cinta dirigida, escrita y producida por el cineasta danés Nicolas Winding Refn; que forma parte de la trilogía “Pusher” del mismo autor, que incluye además a “Pusher: Un Paseo por el Infierno” (1996) y “Pusher 3: Soy el Ángel de la Muerte” (2005); cintas que bucean magistralmente en las dinámicas de quienes viven del consumo y del tráfico de drogas en Copenhague; y de otros delitos como el robo de automóviles de alta gama.
Winding Refn, de 55 años, ha dirigido además otros interesantes largometrajes: “Bleeder” (1999), “Fear X” (2003), “Bronson” (2008), “Valhalla Rising” (2009), “Drive” (2011), “Sólo Dios Perdona” (2013), “El Demonio del Neón” (2016) y “Su Propio Infierno” (2026); en los cuales los protagonistas son personajes que luchan por sobrevivir y adaptarse; en el mundo actual, carente de humanidad y hostil.
“Pusher: Con las Manos Ensangrentadas” se destaca precisamente por eso. Nos cuenta la historia de Tonny (un excelente Mads Mikkelsen), que viene saliendo de la cárcel, con la palabra “respeto” tatuada en la nuca; y cuyo padre, El Duque (Leif Sylvester), es un mafioso, que se dedica al robo de autos de gran valor y que siempre ha despreciado a su hijo, porque considera que no hace nada bien, dentro de la lógica irracional que predomina en este submundo de locura y belicosidad. Prefiere a O (Oyvind Hagen-Traberg), un empleado, al cual trata como a un hijo, según lo señala públicamente.
El guion de esta cinta es uno de sus puntos altos. Cada una de las escenas, en progresión dramática, van entregando luces de la violencia contenida que Tonny lleva dentro y de la necesidad de aceptación que tiene por parte de su padre. Llama la atención el consumo generalizado de cocaína y alcohol entre todos, en el entorno del protagonista, tanto hombres como mujeres; como si fuera algo absolutamente natural, lo que los mantiene en un estado permanente de hipersensibilidad o de sopor, donde la agresividad es parte del lenguaje coloquial.
El hecho de que una antigua pareja, Charlotte (Anne Sorensen), fuerza a Tonny asumir la paternidad de su bebé, le produce un cambio paulatino e inesperado; y una leves y únicas sonrisas, como cuando tiene que mudarlo; y un cable a tierra que le darán sentido a su fuga final.