Música
09 de Agosto, 2026

Programar y encantar: difícil misión

Por Mario Córdova

Recientes actividades de concierto santiaguinas pusieron sobre la mesa temas acerca de la elección de los contenidos y las expectativas (también los logros) que ellas generan ante las audiencias.

En días muy próximos, diferentes temporadas presentaron programas cuya carga de repertorios de una u otra forma indujo a la reflexión -  la positiva y la no tanto -  respecto a los criterios aplicados en la selección de las obras escogidas.

Miércoles 5. El Coro Madrigalista Usach junto a la Orquesta Barroca de Santiago brindó una jornada dedicada en exclusiva a la producción religiosa de Antonio Vivaldi. Hubo obras completas (“Beatus Vir” y “Magníficat”) más algunos fragmentos, que develaron una interesante faceta muy desconocida del célebre compositor barroco, dejando en claro que el tren vivaldiano tiene muchísimas más paradas que “Las cuatro estaciones”. 

Viernes 7. Orquesta de Cámara de Chile. Profundizando en la misión exploradora que lidera su director titular, Emmanuel Siffert, la agrupación ofreció un programa italiano que incluyó dos exhumaciones y tres estrenos en Chile, dejando a su término muy abierta la reflexión planteada. Ello porque el abanico musical entregado fue variopinto en extremo, con algunas obras de ésas que pueden dejarse pasar. Tal fue el caso de la Sinfonía en Re Mayor de Vincenzo Bellini, aplastada en atractivos melódicos por la mejor Sinfonía para vientos de Gaetano Donizetti, y la Suite veneciana para cuerdas de Ermanno Wolf-Ferrari, extensa y plana, salvada sólo por su danzarina sección final. De Roberto Falabella (chileno de apellido italiano) se escuchó su Divertimento para cuerdas - ¡qué gran logro interpretativo! – y el Concierto para piano y orquesta de Ottorino Respighi. Esta obra ampulosa y sobrecargada de información temática, alguna vez había que ponerla en acción, más aún con una solista tan virtuosa, como aquí lo fue Eun Seong Hong (norcoreana radicada en Chile), que arrancó muy cálidos y largos aplausos, agradecidos con un Intermezzo de Johannes Brahms.

Sábado 8. Orquesta Sinfónica Nacional. El programa fue breve (no más de una hora de música) con el tan sugerente poema sinfónico “El mar” de Claude Debussy como plato de fondo, en una versión antológica comandada por el magnífico director francés invitado Pascal Gallois. Le antecedieron dos obras sigloveinteras de innegable complejidad auditiva. Primero estuvo “Nones” de Luciano Berio, una engorrosa experimentación sonora dodecafónica, acaso concebida más para alumnos avanzados de composición que para auditores de una platea cualquiera, sin intelecto musical, esos que esperan encantarse con mayor amabilidad musical. Luego, con menos obstáculos para oídos comunes, se ofreció el Concierto para flauta y orquesta de André Jolivet, obra que no da tregua al solista y que tuvo el brillante protagonismo de Vicente Morales, joven flautista sinfónico, hijo y nieto de tigres.    

Al hacer la raya para la suma de estas tres jornadas surgieron no pocas preguntas acerca del proceso que llevó a disponer obras con tal desequilibrio en su capacidad de generar interés y encanto sobre las audiencias.