
Bajo la conducción de Giovanni Panela, los programas que está ofreciendo la Camerata de la Universidad de los Andes traen más y más sorpresas. Esta pequeña orquesta – una docena de cuerdas – no se ha quedado estancada en un repertorio que deba responder siempre a su acotada conformación instrumental; cada cierto tiempo, y con mayor frecuencia reciente, el conjunto se presenta en formato crecido, pudiendo así interpretar obras de mayor envergadura.
Sin ir más lejos, recuérdese hace poco abordó un programa con obras de Mozart, Haydn y Ponce en que la Camerata más que dobló su plantel con muchos instrumentos invitados de viento y percusión. Ello motivó a este columnista a señalar que la ocasión brindó un “ascenso a la contundencia”.
Pero mucho más cercano fue el reciente programa en que a las cuerdas de la Camerata se agregó un grupo coral. Fue el Coro Magnificat, cuyas tres docenas de voces aportaron su decisiva participación en el “Réquiem” de Fauré. Sabido es que, a diferencia de otras famosas de difuntos tremebundas e incluso intimidantes, ésta transita por sendas muy luminosas, inundando a las audiencias con un ánimo de muy pacífica esperanza.
Este aspecto fue muy bien trabajado en la preparación del abundante canto coral, realizado por la directora del coro, Marcela Canales, y luego por la dirección global del maestro Giovanni Panella, Los matices fueron siempre exactos, confiriendo a la obra certera grandiosidad, pero enmarcada en la pureza celestial que siempre debe primar. Los pasajes solistas tuvieron desempeños muy dispares,
pues si la soprano Pilar Aguilera entregó un “Pie Jesu” que puede calificarse de satisfactorio, las partes a cargo del barítono Leonardo Aguilar no estuvieron buenas…claramente deficientes. En lo instrumental, un muy buen arreglo del propio Panella redujo la gran orquesta original de Fauré solo a cuerdas, otorgando así mayor protagonismo al canto.
La primera parte del programa trajo música contemporánea, y de la buena. Valga esta acotación para señalar una vez más que el repertorio musical surgido desde las últimas décadas del Siglo XX ha traído una bandeja enorme de creaciones, donde puede apreciarse un revoltijo en materia de calidad. Por un lado mayor hay exploraciones sonoras incomprensibles, cuyo hermetismo y afán conceptual hacen que se interpreten en jornadas de debut y despedida y no enganchen en audiencias que llegan a temerlas a futuro; por otro lado, muy menor, están los aciertos.
Estos últimos estuvieron con feliz presencia en la ocasión comentada. Primero se incluyó un intermezzo de “Michael”, un poema lírico de Panella estrenado hace una década en Buenos Aires. Su discurso, muy afín al de compositores italianos de comienzos del Siglo XX, privilegia un ánimo de la honda expresividad, que las cuerdas de la Camerata Uandes transmitieron a cabalidad.
La jornada se mostró engrandecida al brindar el estreno mundial de una obra compuesta especialmente para la Camerata Uandes. Fue “Luz y penumbra” una breve pieza del costarricense Eddie Mora Berlúdez (61) que plasma en música esa luz que ilumina el inicio de la vida humana, pero con el avance del tiempo quiere oscurecerse, pero siempre se mantiene.
Gran momento para la Camerata Uandes y Giovanni Panella fue éste, al enfrentar una obra de modernidad que les pertenece y que siendo compleja no se hunde en lo inentendible, logrando calar en la audiencia.
Los entusiastas aplausos que premiaron ambas interpretaciones no vinieron sino a ratificar que aquello de que el público siempre tiene la razón tiene fuerza. Esa frase debiera estar siempre presente en la pluma composicional del nuestro tiempo.