
Incontables son los casos de célebres novelas que han sido llevadas con éxito al teatro y al cine. En su traspaso al ámbito escénico-musical muchos escritos también han sido fuente de inspiración de óperas con resultados sorprendentemente buenos, pero en el campo del ballet los frutos han sido muy desiguales. Y es lógico que así sea, pues entregar sólo al movimiento corporal sin palabras relatos de contenidos complejos obliga a enfrentar una tarea nada de fácil.
El Teatro Municipal de Santiago ha sido testigo de varias de esas dispares propuestas balletísticas, teniendo entre lo más positivo “Anna Karenina” (basada en la novela de León Tolstoi) y como lo menos logrado una producción de “La casa de los espíritus” (inspirada en la novela de Isabel Allende).
La presente temporada del Ballet de Santiago en ese teatro anunciaba el estreno mundial de “Orgullo y prejuicio”, un vaciado danzado de la célebre obra literaria homónima de Jane Austen, comandado por un british team. Bajo la aguda mirada que generan esos desequilibrios la llegada de esta nueva producción despertó todo tipo de expectativas, más aún al recurrir a la narración de una novela sobrecargada de personajes interrelacionados en una multiplicidad de episodios.
El debut de este montaje dejó más que claro estar ante un espectáculo del más alto nivel, por donde se lo juzgue. Debe admitirse, claro está, que la propuesta ideada por el dramaturgo Ian Kelly y el coreógrafo Kenneth Kindall puede imponer ciertas dificultades a una completa percepción argumental de parte de la audiencia, por más acabado que sea su conocimiento de la trama y los actores de la fuente original inspiradora. Una docena de personajes, todos comprometidos con una acción plagada de breves pero determinantes pasajes, va creando una maraña expositiva que permite plantear la sugerencia al espectador de una revisión argumental previa y, por qué no, también la elaboración mental de un mapa del quién es quién en el enjambre.
Superada esa traba, puede percibirse un abordaje pleno, de gran habilidad artística para adaptar y comunicar hechos y emociones sin recurrir al uso de la palabra en los actores-bailarines.
Escenas íntimas, de individualidades, y también colectivas de carácter más expansivo desfilan creando un todo limpio, coherente y refinado, para lo cual se cuenta con un apoyo escénico mínimo en recursos, pero muy ágil, liviano y siempre justo. La danza transita mucho más cercana a los cánones clásicos que a los modernos que podrían suponerse en una obra concebida el Siglo XXI.
Una selección alternada de solistas y el cuerpo de baile del Ballet de Santiago brilla en calidad y disciplina, venciendo cualquier desafío que impone este nuevo trabajo.
En lo musical se tiene una partitura muy lograda de Frank Moon. En la presentación de su propia creación, este compositor intercaló la adaptación entrelazada de diversos fragmentos (¿10?) del repertorio clásico, destacando sones de la Sinfonía N° 8 “Inconclusa” de Schubert, la obertura “Egmont” de Beethoven y un vals de J. Strauss, algo extendido. El resultado es definitivamente magnífico y eficaz, estando a su altura la muy aplaudida interpretación a cargo de la Orquesta Filarmónica de Santiago, dirigida por Pedro-Pablo Prudencio.
Tomando las palabras del título, el estreno absoluto de este montaje constituye un gran orgullo para el Ballet de Santiago y derriba cualquier prejuicio sobre nuestra capacidad de generar obras de calidad mundial.