
Tal vez la Fundación Beethoven sea la gestora de conciertos a gran escala que más sufrió los embates de la pasada pandemia. Después de una paralización de cuatro años, a paso muy lento, desde 2024, está recuperando la magnitud de sus antiguas temporadas, que alguna vez ofrecieron una decena (y más) programas.
Siempre en el Teatro Municipal de Las Condes, ahora con una temporada de cinco fechas, la institución está conmemorando 50 años de vida con una parrilla que presentará en forma mayoritaria, como siempre, pequeños grupos de música de cámara.
Acaba de realizarse la jornada de inauguración, esta vez con un trío sin nombre de fantasía sino detallando a cada uno de sus integrantes: Sergei Nakariakov (fliscorno) , Boris Brovtsyn (violín) y Maria Meerovitch (piano).
En nuestra lejana comarca era conocido sólo el primero, por ser un trompetista de primera línea, con abundantes grabaciones. Sin embargo, en este debut en Chile no trajo la trompeta de su fama, sino ese curioso instrumento que algo se le parece y suena como un corno más agudo.
Ni la trompeta ni menos el fiscorno cuentan con un repertorio que los destaque en el ámbito de la música de cámara, razón por la que en las tres obras, de las cinco del programa, en que participó Nakariakov, tocó fliscorno y sólo fliscorno. De trompeta, nada; ni siquiera en un agregado final, que no hubo.
El repertorio interpretado fue un viaje sin tregua al romanticismo alemán más profundo, sólo con obras de Robert Schumann y Johannes Brahms. De aquél se escuchó Adagio y Allegro, Opus 70 y Pieza de Fantasía, Opus 18, en que la instrumentación original, no para fliscorno específicamente, se ha abierto a las más diversas transcripciones. Por cierto que si llamó la atención la entrada a escena de Nakariakov con esta suerte de trompetón, más lo hizo el sonido del mismo. Es menos brillante que la trompeta, acaso más dulce, pero penetrante, transmisor de un sonido que resulta algo cansador al oído.
En esas obras iniciales se percibió una entrega en que el acaparamiento protagónico del fliscorno fue total, dejando el magnífico acompañamiento pianístico muy en retaguardia.
Siguió la Sonata N° 2, Opus 100 (violín y piano) de Brahms, en otras atmósferas. Si bien el violín dejó ver algunas pequeñas insuficiencias anímicas y de afinación, la pianista salió a un mayor ataque, que en la obra siguiente, el Arabesco, Opus 18, de Schumann dio un pronunciado brinco al pleno esplendor. Ahí el teclado recibió unas manos que trajeron una completísima batería de detalles en matices, expresividades y virtuosismo, creando un tremendo gran momento de la noche.
Terminó la jornada con el grupo visitante por única vez en pleno, con el Trío para corno, violín y piano, Opus 40, de Brahms, en que ciertamente el fliscorno reemplazó al corno. Fue también el momento en que la obra interpretada mostró un mayor acercamiento a su concepción instrumental original. No obstante el peso mayor del viento soplado sobre las cuerdas podría ser aplastante, pero el genio de Brahms supo conjugarlos en completa eufonía, asignando a cada uno lo suyo en el más logrado equilibrio. Aquí el fliscorno se lució a cabalidad, sobre todo en el movimiento final. También el violinista y esa gran pianista dieron lo mejor de sí.