Música
14 de Mayo, 2026

Mundos opuestos

Por Mario Córdova

El más reciente programa de la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional fue curioso. Y raro, al presentar dos universos absolutamente diferentes y opuestos en materia de estilos musicales. Se contrastaron obras que el tiempo separa en más de dos siglos: el “Magnificat” (1732) de Johann Sebastian Bach y la Sinfonía N° 6 (1940) de Dmitri Shostakovich. Una, barroca, con gran predominancia vocal; la otra, sigloveintera, a gran orquesta. 

De la abundante producción religiosa del primero, su “Magnificat” tal vez ascienda a la cima de aquella música en que domina la brillantez y el ánimo jubiloso, compitiendo en tal característica con pasajes de su gran “Misa en si menor” y algunas cantatas. Está concebida para solistas, coro a 5 voces,  y orquesta de cuerdas y vientos, incluyendo ésta el concurso de sonoras trompetas (3) y timbales.

La versión ofrecida pudo entenderse como camerística, de corte intimista, o también quizás servida con recursos insuficientes. Pesó más esta segunda opción, pues la participación de la Camerata Vocal de la U. de Chile, con sólo 16 integrantes, no proyectó la grandiosidad coral que la obra demanda, ello junto a una agrupación instrumental un poco más numerosa, que por partitura no podía ser menor para contrapesar.  Si bien en algunos momentos hubo un adecuado equilibrio entre esa reducida masa vocal y la orquesta, también hubo otros – trompetería y percusión mediante – en que ese canto colectivo tan menor se sintió demasiado en segundo plano. La necesaria magnificencia festiva glorificante a la divinidad quedó al debe, en la búsqueda de mayores balances y sonoridad.    

La conducción del director invitado Nicolas Rauss fue de justos ensambles de tiempo, casi cantando junto al coro y especialmente a los solistas, la soprano Paulina González, demasiado fuera de estilo; la muy correcta mezzosoprano Sarah Migliori; el aguerrido tenor Felipe Catalán, y el potente bajo Arturo Jiménez. 

Con la sinfonía de Shostakovich y una orquesta crecida al tope la jornada tuvo un giro muy pronunciado. En solo tres movimientos y una duración menor dentro de lo habitual en la producción sinfónica del compositor ruso, desplegó aquí todos sus sellos más reconocidos: movimientos lentos y lúgubres, otros casi balletísticos, humor sarcástico y arrebatos de explosión orquestal. Nada faltó  en esta Sexta, que el maestro Rauss condujo imponiendo un señorío artístico que no se manifestó en grandes gestualidades, sino más bien en un erguido y cuidado manejo corporal y visual hacia los dirigidos. 

El extenso Largo inicial dobla en duración a todo el resto, sumergiendo la música en una nube oscura y contemplativa, que se extingue en la nada y deja al auditor en estado de extremo sosiego y expectación por lo más animado que podría venir. Y eso no tarda en llegar en los dos movimientos de agilidad creciente, culminando en un veloz galope, casi insolente, donde se mezcla aquel típico sarcasmo con una locura circense que parece estallar sin control. 

La batuta de Rauss dominó la interpretación con una perfección y precisión notables, terminando elegantemente montado en ese vertiginoso galope que puja y puja, como en el final de la obertura “Guillermo Tell” rossiniana.