
Habiendo asistido a una segunda función de “Romeo y Julieta” de Gounod en el Teatro Municipal de Santiago, esta vez con nuevos solistas en los cinco roles principales, con el mismo director musical y un apoyo escénico escénico, es posible vaciar algunos comentarios. Y también reforzar juicios ya emitidos sobre el tratamiento visual-teatral.
Volver a disfrutar de una versión comandada desde el foso orquestal por Patrick Founillier fue más allá de ser un regalo para los oídos; lo fue para el alma. Su presencia es lo más alto a que pudo alcanzar esta producción.
Leonardo Sánchez (Romeo) ya no es el mismo a quien se vio como Nemorino en “El elixir de amor” y Alfredo en “La traviata” en años recientes. Su timbre se ha engrosado, con lo cual este nuevo rol lo encaró proyectando una notable reciedumbre y certeros agudos que podrían estar emitiéndose con menor naturalidad. Con una actuación de absoluto compromiso con cada situación argumental, su momento más alto estuvo en el del emotivo canto a media voz, tras la despidida de Julieta.
Ella fue personificada por Isabela Diaz, muy buena soprano de quien el programa digital (obtenible por código QR) no decía ni conducía a antecedentes básicos respecto a formación, debut, repertorio, etc. Sólo mostraba fotos. En alguna página el documento decía que ella es chilena. Nada más. Su Julieta se recibió plena, con mayores fortalezas del registro medio hacia arriba, por cuanto sus graves no poseen la misma seguridad de proyección. En las dos arias principales, servidas con entera expedición, demostró el adecuado desempeño anímico que cada una demanda.
En el resto de los nuevos solistas de este segundo elenco se advirtió la gran sorpresa dada por Ismael Correa (Mercucio), joven chileno aún en etapa de formación en Europa. Impresionó por su grande y limpia calidad tímbrica baritonal puesta al servicio de un canto de los mejores y con un sobrado volumen que corrió a raudales por la sala.
En lo teatral, se reitera, ahora con mayor fuerza, la exhibición de un vestuario muy desacertado - diseños de Loreto Monsalve-, que en su conjunción tan disparatada de estilos, colores y brillos condujeron a agudas disociaciones e incluso a la simulación de una fiesta de disfraces. Los trajes de la nodriza y el Conde Capuleto, el hábito rojo de Fray Lorenzo y la pechera ilustrada de Romeo marcaron la delantera de excentricidades incomprensibles
Una nueva asistencia a la propuesta de regie de Alfonso Torres permitió profundizar en su idea muy válida de darle viva presencia al propio escenario del Municipal, con sus recursos humanos y técnicos en acción. Ello no fue obstáculo para la generación de momentos muy poéticos y conmovedores, como lo fueron las escenas del veneno y de la tumba. Se percibió, claro está, que esta opción tan bien planteada al comienzo de la ópera se diluye, al no seguir enfatizándose con una mayor continuidad de evidencias. La especialidad excesiva en algunos pasajes de necesarias intimidad y sensualidad fue algo que pudo acotarse.
En suma, repitiendo lo expuesto en un anterior comentario, en esta producción de “Romeo y Julieta” el servicio musical venció por sobre cualquier otro aspecto por analizar.