Música
27 de Junio, 2026

Monteverdi y sus amigos

Por Mario Córdova

Se viven hoy tiempos en que nuestra oferta musical crece y crece, pero privilegiando mucho, tal vez demasiado, repertorios clásicos y románticos con algunas obras que se interpretan con una frecuencia muy mayor, cercana a la saturación.

Ante esos excesos deben elogiarse la labor de exhumaciones y estrenos que tan a menudo presenta la Orquesta de Cámara de Chile en triples jornadas, todas con acceso gratuito.

Por fortuna, al amparo de la Universidad de Santiago USACH existe el conjunto Syntagma Musicum, dedicado a explorar y difundir música más lejana en el tiempo, concretamente de los períodos medieval, renacentista y barroco.

Hace pocos días este grupo se unió a la Camerata Vocal de la Universidad de Chile para brindar un programa dedicado por entero a obras del compositor italiano Claudio Monteverdi (1567 -1743) y un par de sus contemporáneos. Se ofreció por partida doble, primero en la Gran Sala Sinfónica y después en el Aula Magna USACH.

En la raya para la suma final de esta feliz experiencia quedó el sentir que con músicas que pueden parecer demasiado ajenas e incluso arcaicas es posible dar cuerpo a un gran momento artístico. No sólo fue interesante, sino también ágilmente entretenido, ante un público muy entusiasmado que aplaudió, gritó y chifló, como si el lejano Monteverdi fuera un ídolo rock del momento.

En su globalidad la Camerata (16 integrantes) participó poco, pero proveyó de algunas de sus tan buenas voces para conjuntos menores. El sexteto Syntagma Musicum, en cambio, acaparó una participación muy mayor y, más aún, lució muy protagónicos al violinista Hernán Muñoz y el tenor Gonzalo Cuadra.

Sin tregua que le permitiera alguna pausa, el primero fue gran puntal de las jornadas, tanto como líder del apoyo acompañante del canto como magnífico solista en piezas sin voces, destacando lo que fue su interpretación de la “Chacona” de Tarquinio Merula (1595 – 1665) en que el despliegue virtuosístico fue total.

Podría señalarse que Cuadra ofició casi como un maestro de ceremonia, con acertadas y poéticas introducciones habladas a algunas partes del recorrido musical. En lo vocal – es un especialista en música antigua -  deslumbró en el dúo “Zefiro torna..” plagado de ornamentaciones, y en solitario, en dos fragmentos de “Orfeo” y un dolido “Si dolce è tormento”, todo de Monteverdi.  Fue en esos fragmentos de esa gran antigua ópera fundacional del género cuando este tenor se entregó por entero en interpretaciones muy expresivas que transitaron de la alegría infinita al más profundo de los pesares. Así también, en la última plasmó en su canto dolidas penas de amor. 

En el final se unió todo el recurso solista, coral e instrumental para traer más del Divino Claudio. Primero fue “Volgendo il ciel”  y luego el Coro y Danza de ninfas y pastores de aquel “Orfeo”.