Música
18 de Mayo, 2026

Mega orquesta, mega director

Por Mario Córdova

El más reciente programa presentado por la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional no fue uno más; congregó el plantel más numeroso que haya actuado en la Gran Sala Sinfónica y, permítase el término, exhumó la “Sinfonía Alpina” de Richard Strauss, ausente por más de dos décadas en los atriles de esa agrupación.

La estrictez clasificatoria ubica esta obra en el género del poema sinfónico de carácter narrativo, que el compositor alemán desarrolla por 50 minutos sin pausa alguna. La instrumentación exige un orgánico orquestal que fácilmente supera el centenar de integrantes, incluyendo, entre otros agregados, cuatro tubas wagnerianas, máquinas de viento y truenos, cencerros, cuatro trombones, dos tubas, etc…y catorce violines primeros. ¡Mega orquesta! 

Ciertamente no es nada fácil armar este enorme contingente y luego dar buen cuerpo a tan magna creación. En tal labor se tuvo esta vez el acierto de convocar al chileno Luis Toro, quien ya ha deparado triunfales momentos frente a complejas obras y diversas orquestas, incluyendo la misma Sinfónica Nacional.

El joven director la condujo, sin partitura, con seguridad abismante, sumergiendo con exacta precisión  a la orquesta y la audiencia en cada paso exploratorio strausssiano  en su ascenso a los Alpes. 

Desde la inauguración de la Sala Sinfónica, hace casi un año, han pasado por este recinto de admirable respuesta acústica todo tipo de obras grandiosas que miles de oídos han recibido maravillados. Faltaba la “Sinfonía Alpina” (la sigue una larga lista) que aquí se la escuchó a todo dar, con sus momentos explosivos, calmos y ese final reflexivo que Toro dilató muy bien por algunos segundos silentes con la mano en alto, lo que generó honda emoción y obligó al público a retener la merecida ovación, que fue estruendosa. ¡Mega director! 

La primera parte de la jornada trajo una obra que tal vez no generó la más apropiada conjunción con Strauss, aunque se valió de una orquesta casi tan numerosa. 

Fue el estreno mundial del Concierto para violín y trombón del chileno Ignacio Teiillerie. ¡Vaya dúo solista más inusual!  

Más que concierto puede percibirse como una trilogía, ya que no se captó una ilación o coherencia entre sus partes, desiguales pero atractivas. Llamó mucho la atención el acabado dominio orquestador del joven  compositor y su osadía para encarar una combinación solista que parecía imposible, cuando no extravagante, que Toro supo controlar.

Pero todo  caminó. Nada de fácil fue transmitir la proyección de ese impensable dúo, que tiene su gran minuto, llamémoslo “de confianza”, en un distendido pasaje - ¿cadenza? -  del último movimiento. Se advirtió que después de un inicio más académico y luego nostálgico, Teillerie soltó amarras y se arrancó, con ciertos asomos de desfachatez musical, hacia variados ritmos muy americanos, que conquistaron a la audiencia.