Música
19 de Septiembre, 2026

Maratón orquestal

Por Mario Córdova

Un mismo día – sábado 12 de septiembre- , no a la misma hora y en lugares cercanos, las principales grandes orquestas santiaguinas ofrecieron sendos programas muy atractivos, con la coincidencia de ser conducidas por sus respectivos directores titulares.

El desfase horario dejó apenas treinta minutos entre el fin de una presentación y el comienzo de la otra, hecho que permitió que algunos fanáticos de la buena música y los conciertos, este comentarista incluido, pudiesen desplazarse raudamente para así anotarse una tarde de maratón orquestal.

17;00 horas, Teatro Municipal de Santiago. La Orquesta Filarmónica de Santiago dirigida por Paolo Bortolameolli se centró en el repertorio sigloveintero. Y aún más, pues partió estrenado “Spheniscus”, obra de este Siglo XXI, compuesta por el joven músico Vicente Vivanco (28), parte del pro-   grama “Tinta fresca” impulsado por el Municipal. Breve, concebida bajo una mirada evocativo-ecológica, desarrolla un buen lenguaje orquestal muy prometedor. Luego, palabras mayores, con el Concierto en Fa para piano y orquesta de George Gershwin, fusión tan única de la tradición académica con el ritmo del jazz y los ensoñadores aires del blue estadounidense. Junto a una acertadísima conducción orquestal que Bortolameolli manejó de modo brillante, estuvo ni más ni menos que el tan aclamado mundialmente Jean-Yves Thibaudet, cuyas decenas de formidables grabaciones para la Decca no vinieron sino a respaldar su completa maestría, de la más perfección alta perfección.  Como propina a su encendido desempeño éste agradeció los atronadores aplausos con un más calmo “Intermezzo” de Brahms. Cerró la jornada la serie de tres “Danzas Sinfónicas” de Sergei Rachmaninov (su última composición), una suite para gran orquesta que evoca etapas de la vida humana. Bajo ese concepto fue admirable la energía inicial, desbordante, impuesta por la batuta, mediando un sosiego a cargo de un solo de saxofón. Pero la hábil conducción de Bortolameolli luego impactó con aquel desarmado vals de la segunda danza y más todavía con la tercera, que en medio de un ánimo saltarín alude al fatal día del juicio final.

19;30 horas, Sala Sinfónica.  Fuera de temporada, la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por el debutante timonel oficial Ari Rasilainen brindó un programa muy variado. Por sus tres partes desfilaron repertorios que ratificaron la versatilidad de la agrupación y la calidad de este director finlandés, ahora a cargo de imponerle su sello. Se partió con la Sinfonía N° 2 de Alexandr Borodin, brillante obra muy esquiva en nuestras salas de conciertos. Su audición fue un potente viaje a la Rusia profunda en todas su partes, con logros interpretativos sorprendentes, desde ese comienzo que infunde tanto respeto con sus gruesos metales hasta los movimientos finales más inquietos y expansivos. Gran momento fue aquel pasaje a modo de coral muy solemne del Andante, en que Rasilainen se percibió como una gran autoridad religiosa oficiante. Luego, el “Cantus Articus” de Rautavara escaló a la modernidad con una trilogía de breves piezas en que al encantador y lejano sonido avícola-ornitológico (grabado) se unió una orquesta en la más perfecta conducción, siempre sutil y envolvente, creando atmósferas muy mágicas. Finalmente se interpretó “Alassio” (In the South) del británico victoriano Edward Elgar, un poema sinfónico al que se ha dado erróneamente el calificativo de obertura. Su inspiración italiana y su cercanía al estilo de Richard Strauss recorre muchos ánimos, desde lo más grandioso hasta el entrañable solo melódico de una viola, luego seguido por toda la orquesta para llegar a un pomposo final, muy a lo Elgar. 

Para los asistentes de ambos programas, después de cuatro horas, veloz traslado mediante, culminó una inusual, pero productiva maratón orquestal.