
Con el nombre de “Lírica Disidente” esta agrupación de gestión operática independiente bien podría transmitir intenciones poco amistosas. Ello porque los sinónimos más cercanos de “disidente” son “rebelde”, “discrepante” y“conflictivo”. En buen chileno suena a “picado” o que lleva la contra.
Nada de eso ha estado presente, salvo algunos insólitoscasos, en los enfoques de sus propuestas, ni mucho menos en “Una ópera mágica en Chiloé”, su más reciente producción mostrada a tablero vuelto en la Sala CA 660 de Corpartes.
Anunciada con especial énfasis convocante de audienciasinfantiles y familiares, que consiguió plenamente, el montaje intervino la operita “Bastián y Bastiana” de W. A. Mozart, interpretada en forma íntegra y cantada no en el alemán original sino en una adaptación a un castellano bien nuestro.
El sello siempre innovador de “Lírica Disidente” fue marcado con absoluta ocurrencia. Fue un acierto en agilidad y conexión con la audiencia, por cuanto a los tres personajes cantantes que arman la simple trama argumental – los pololos Bastían y Bastiana más el brujo Colás – se agregó un cuarto, cuyo rol enriqueció el montaje con una fuerza muy gravitante. Ella, una volátil narradora, simpática fusión de mujer-pájara, introdujo la representación y fue comentando la trama en sus sorpresivas apariciones algo fantasmales. Además, entregó enseñanzas morales y dialogó con la abundante concurrencia menuda, siempre ansiosa y entusiasta.
Percibida más como una experiencia didáctica y de seducción artística masiva, para aproximar al gran público al mundo de la ópera, no corresponde analizar lo que fue su rendimiento musical bajo la mirada crítica de una rigurosa lupa. Los cantantes pudieron ser mejores y el sexteto instrumental acompañante por cierto que no fue lo mismo que la orquesta mayor con que Mozart concibió su obra.
En el tratamiento escénico se hizo necesaria una aproximación visual más directa al ambiente chilote (ilustraciones de palafitos, las inconfundibles iglesias de madera, mar, cerros, nubarrones, en fin..), ya que un gran árbol solitario, más alegórico y colorido que real, no contribuyó del todo a situar la acción en la isla sureña. Se apreció, claro está, un apropiado vestuario que sí contribuyó a paliar esa insuficiente ambientación geográfica que prometía el título de la obra.
También se echó de menos la proyección de subtítulos, pues del canto (no así de los diálogos de los solistas e intervenciones de la narradora), por muy en castellano que estuviera, se entendió muy poco o nada.
Con muchísimos más puntos buenos, a esta producción de Lírica Disidente no debiera responderse con una simple valoración; hay que aplaudirla sonoramente, más aún cuando se tuvo un acercamiento tan ocurrente a la ópera con la bella música de Mozart, compuesta cuando éste era un niño de doce años.
El gran logro de “Una ópera mágica en Chiloé” precisa tener más funciones. Y pronto.