Cine
15 de Mayo, 2026

La Grazia

Por Álvaro Inostroza Bidart

“La gracia es la belleza de la duda” señala Mariano De Santis (Toni Servillo), Presidente de Italia, protagonista de esta película, como una manera de explicar todas las incertidumbres que lo agobian a seis meses de dejar su mandato, luego de siete años viviendo en el Palacio del Quirinal y pronto a volver a residir en su casa en Roma.

Este es el meollo de “La Grazia” (2025), cinta dirigida, escrita y producida por el cineasta italiano Paolo Sorrentino; que retrata este período final de De Santis como Presidente de Italia, una república parlamentaria, en la cual aquel es el Jefe de Estado, con funciones representativas y de garante de la Constitución. En este caso, las grandes dudas de De Santis son si firmar o no una Ley de Eutanasia y otorgar dos indultos que están solicitados; todo lo cual lo hace revisar su vida y su concepción de la verdad, sumido en el recuerdo imborrable de su esposa fallecida, Aurora, una sombra fantasmal que no lo abandona.

Sorrentino, de 55 años, es uno de los directores contemporáneos más interesantes, por su inteligencia argumental y su sensibilidad visual, con once largometrajes a su haber; entre los que destacan “Un Hombre de Más” (2001), “Las Consecuencias del Amor” (2004), “El Amigo de la Familia” (2006), “La Gran Belleza” (2013), “La Juventud” y “Silvio y Los Otros” (2018).

En “La Grazia” ratifica todo su talento escritural, tanto en lo narrativo como en la creación y desarrollo de personajes; y por otro lado, la cuidada fotografía y uso de la cámara dan cuenta de su maestría con el lenguaje cinematográfico. De Santis es un jurista reflexivo, que se da cuenta que la ley muchas veces mira desde lejos a la verdad, al observar cómo está muriendo un caballo, al cual quiere mucho y que no quiere dejar ir. En esta soledad del poder, su más cercana es su hija Dorotea (Anna Ferzetti), también jurista y que ejerce como jefa de gabinete del mandatario y que le pregunta “¿de quién son nuestras vidas”, interrogante que recorre toda la cinta.

Sorrentino construye con lucidez el círculo de colaboradores de De Santis, que lo estiman profundamente, al igual que el país, por su ponderación y su capacidad para relacionar cosas aparentemente inconexas, como la estadía de un astronauta italiano en el espacio y la ligereza para vivir la vida; o una inquietante función de danza contemporánea con el erotismo reprimido; o la emoción al participar en un almuerzo con antiguos soldados alpinos y cantar con ellos su conmovedor himno; o la entrevista telefónica que concede a la directora de Vogue, inmediatamente después de dejar el poder, donde más que hablar de él, sigue añorando a su esposa Aurora, “la mujer perfecta para mí”.

Personajes secundarios notables son su jefe de seguridad, el coronel de Coraceros Labaro (Orlando Cinque), con el cual abre su corazón cuando se fuma un cigarrillo al día; sus amigos de la secundaria, Coco Valori (Milvia Marigliano), inflexible crítica de arte, y Ugo Romani (Massimo Venturiello), ministro de Justicia; el general alpino Mane (Giuseppe Gaiani), que le dice que los juristas y los militares también tienen sensibilidad; y el Papa (Rufin Doh Zeyenouin), su amigo, que lo escucha y lo analiza sabiamente.

Mención aparte merecen los candidatos al indulto: Issa Rocca (Linda Messerklinger), que apuñaló dieciocho veces a su marido que la maltrataba y torturaba, para curarlo de su enfermedad mental y como “autodefensa preventiva”; y Cristiano Arpa (Vasco Mirandola), que no quiere vivir y que mató a su esposa, tras sufrir ésta Alzheimer durante diecisiete años.

Sorrentino plantea en este filme, con natural profundidad, que en medio de las dudas se deben tomar decisiones todos los días, con coraje; citando la frase en latín que define a los Coraceros: “el valor se fortalece ante el peligro”.