
La felicidad puede ser aceptar lo que nos da la vida, con toda la naturalidad posible y sin sentimientos de culpa; sobre todo en lo que se refiere a los afectos y a los acontecimientos, sin enjuiciar moralmente a las personas y sus actos.
Esta podría ser la tesis de “La Felicidad” (1965), cinta dirigida y escrita por la cineasta belga Agnes Varda, uno de los pilares del movimiento de la Nueva Ola francesa; que tuvo también entre sus integrantes a Jean-Luc Godard, Francois Truffaut, Claude Chabrol, Alain Resnais y Eric Rohmer.
Varda (1928-2019) dirigió más de veinte largometrajes, entre los que destacaron “La Pointe Courte” (1955), “Cleo de 5 a 7” (1962), “Las Criaturas” (1966), “Amor de Leones” (1969), “Daguerrotipos” (1975), “Una Canta, Otra No” (1977), “Murs, Murs” (1981), “Sin Techo Ni Ley” (1985), “Jane B por Agnes V” (1988), “Jacquot de Nantes” (1991), “Las Damas Cumplen 25 Años” (1993), “El Universo de Jacques Demy” (1995), “Los Espigadores y la Espigadora” (2000), “Cinevardafoto” (2004), “Caras y Lugares” (2017) y “Varda por Agnes” (2019); los cuales se caracterizan por la experimentación visual, diálogos inteligentes y una mirada poética sobre temas como las relaciones sentimentales, la familia, la memoria y las secuelas de las guerras en Francia; a través de un cine social y existencial.
En “La Felicidad”, su tercer largometraje, es muy notoria su adhesión a la Nueva Ola; la cual lanzó sus primeros filmes a fines de la década de 1950; y se destacó por postular la libertad como enseña, en aspectos como la improvisación en el guion y la actuación; la filmación fuera de los estudios, con iluminación natural y bajo presupuesto. A esto habría que sumar una espontaneidad aparente en los argumentos, como se aprecia en “La Felicidad”;
pero que, como planteamos en el inicio, responde a una mirada estética y filosófica, que tiene que ver con la centenaria tradición cultural gala de la libertad, post Revolución Francesa, planteada como un valor social que se debe defender.
El inicio de la cinta, con tomas de flores de maravilla, en toda su plenitud, y música de Mozart; dan cuenta de la alegría de la vida familiar, con el matrimonio de Francois (Jean-Claude Drouot) y Therese (Claire Drouot) y sus pequeños Gisou y Pierrot, realizando un paseo al campo, celebrando el Día del Padre. Este contacto con la naturaleza va a ser planteado en reiteradas ocasiones como una manifestación de armonía, a pesar de los acontecimientos dramáticos del filme.
Esta vida tranquila también se respirará en el Taller de Carpintería del hermano de Francois, Joseph (Marc Eyraud), donde trabajan ambos; con alusiones culturales de la época, como fotos de las actrices Jeanne Moreau y Brigitte Bardot; y del cantautor George Brassens. Toda esta maravilla se verá afectada cuando Francois conoce a una funcionaria de Correos, Emile (Marie-France Boyer), produciéndose un flechazo, del cual no se sustrae, como una tentación irresistible, que no se plantea como una infidelidad.
“No busqué tener dos esposas” señala Francois, en una frase que llama la atención por su amoralidad y porque plantea, sin tapujos, que puede amar a dos mujeres a la vez; lo que se expresa magistralmente en forma visual en el baile en que todos cambian de parejas. Pero no todo es tan fácil, porque todo esto es nuevo, señala Therese, en una escena de gran intensidad, cuando Francois decide ser “honesto” con ella.