
En este momento, y hasta el 6 de junio, se está presentando en el principal escenario del país, como es el Teatro Municipal de Santiago, el ballet La Cenicienta. En coreografía del australiano Lachlan Monaghan, actualmente bailarín en Birmingham Royal Ballet, la misma compañía donde se desarrolló el actual director artístico del Ballet de Santiago, César Morales, uno de nuestros máximos exponentes de la danza.
La pieza, creada para la compañía nacional, se desarrolla en tres actos y cuenta la historia ya conocida de una joven que, a la muerte de su madre, ve cómo su padre toma la decisión de volver a casarse. Ella, presa del maltrato de su madrastra y sus dos hermanastras, es confinada a los trabajos de la casa en ausencia de su progenitor. Por fortuna, en el palacio se ofrece una fiesta donde el príncipe conoce a Cenicienta y este, enamorado, cambiará su vida. Si bien la historia marcha bien hasta ahí, creo que agregarle todo un lado naturalista, con el árbol que es el alma de su madre fallecida regada por las lágrimas de su hija, semillas de amor y flores de diente de león, solo dispersó el desarrollo de una historia ya conocida.
Pero bien, vamos a la danza y al desempeño del elenco.
La obra se inicia con un prólogo en el que se presentan los personajes y se da paso al primer acto. En lo personal, ambas secciones mostraron un marcado predominio de la pantomima por sobre la danza, lo que terminó jugando en contra del resultado global. El verdadero potencial de la propuesta se revela en el segundo acto, donde la danza alcanza su mayor esplendor a través de interesantes diseños para el cuerpo de baile y una coreografía de considerable complejidad, que obliga a toda la compañía a desplegar su talento técnico y capacidad de trabajo colectivo. El tercer acto y desenlace mantienen un buen nivel técnico y coreográfico, aunque sin alcanzar la fuerza, riqueza y atractivo del cuadro anterior.
Asistí a la función de estreno del viernes 29 de mayo, en la que los roles principales de Cenicienta y el Príncipe estuvieron a cargo de Laleska Seidel y Felipe Arango, quienes realizaron una faena sólida y comprometida, pero que, por momentos, sentí más preocupados de la elevada exigencia técnica y su complejidad, que parece buscar privilegiar el virtuosismo por sobre la fluidez dramática. Para mi gusto, la coreografía estaba algo sobrecargada de pasos, especialmente en los pas de deux. No obstante, ambos intérpretes resolvieron estas dificultades con solvencia y profesionalismo.
En el primer acto, la madrastra, a cargo de María Dolores Salazar, si bien desarrolló bien el rol, su vestido con corte sirena fue más bien algo que me perturbó, ya que la hacía ver más sensual que una odiosa y madura madrastra.
Uno de los cuadros mejor logrados en esta sección de la obra, sin duda, fue la clase de danza y preparación para la fiesta de palacio, con las intervenciones de los bailarines: Matías Romero (ganador del premio a Mejor Bailarín 2025 del Círculo de Críticos de Arte de Chile) en el rol del maestro de baile; Cristopher Montenegro, en un elegante y refinado diseñador; junto a Iva Martínez como el peluquero.
Las hermanastras, interpretadas por María Lovero y Deborah Oribe, si bien en otras producciones son representadas por hombres para resaltar lo bruscas y torpes, en esta versión apuntan más a la tontera e inocencia. Si bien ellas, en el segundo acto, junto a los mayordomos Murilo Muniz y Maurilio Souza, resultan entretenidas a lo largo de la obra, lamentablemente se fueron robando el protagonismo del ballet, hasta opacar la historia de los personajes principales, como son Cenicienta y su príncipe, convirtiéndose en el foco de las miradas y en la espera de la risa por parte del público.
La incorporación del jardinero, interpretado por Mauricio Serendero, no quedó clara y solo confundió a lo largo de la historia. Este, quien actúa en el tercer acto, en la escena de la boda, pasa desapercibido producto de que el cuerpo de baile está delante de él.
Las cuatro estaciones del año, interpretadas por Milagros Perrella, Oriana Scheidegger, Mariselba Silva y Rocío Gómez, desarrollaron un lindo trabajo coreográfico junto a Jacob Alvarado, David Saavedra, Aaron Guzmán y Matías Romero. Sin embargo, en los varones existió una pequeña descoordinación en los double tours en l'air.
La música de Sergei Prokofiev fue desarrollada por la Filarmónica de Santiago bajo la ya acostumbrada y experta mano en la dirección musical para los ballets que presenta el Municipal, el maestro Pedro-Pablo Prudencio.
La escenografía de Christopher Ash, si bien resulta mágica, siento que es apagada para el último cuadro y conclusión del ballet, con los enamorados contrayendo matrimonio bajo el árbol en vez de una escena palaciega, más propia de un príncipe.
El vestuario es de hermosos colores y texturas para la compañía en general, salvo el detalle antes descrito en el vestido de la madrastra, y la interesante iluminación de Ricardo Castro.
En definitiva, una producción de contrastes, cuyo cuadro más logrado es el segundo acto, donde se luce la mano del coreógrafo con interesantes líneas para el cuerpo de baile en una coreografía llena de virtuosismo y detalles.
Creo que el desempeño de la compañía se encuentra en su mejor momento, si tomamos como punto de partida la llegada de César Morales a la dirección artística.
Fotografías de Alberto Díaz
