Danza
31 de Mayo, 2026

“La Cenicienta”: Un clásico contado desde una nueva sensibilidad

Juan Antonio Muñoz H.

El estreno chileno de “La Cenicienta” de Lachlan Monaghan en el Teatro Municipal de Santiago confirmó que aún es posible revisitar los grandes clásicos sin traicionarlos y, al mismo tiempo, descubrir en ellos nuevas capas de sentido. El coreógrafo australiano evita tanto la solemnidad como la caricatura y construye una versión de notable equilibrio:  inteligente y profundamente humana. Aquí el cuento se narra desde fuera de la caja, sin renunciar a la fantasía, pero sin depender de ella.

La gran virtud de Monaghan es que hace parecer sencilla una coreografía de enorme complejidad. Su lenguaje exige mucho de la compañía: velocidad, precisión, versatilidad estilística, capacidad actoral y una permanente conciencia musical. Cada grupo y cada personaje encuentran desafíos específicos, configurando una obra que pone a prueba los recursos técnicos y expresivos de todos los intérpretes.

La construcción dramática de los personajes es uno de los grandes aciertos de la propuesta. Las hermanastras son una verdadera joya teatral. Del mismo modo, la Cenicienta de Monaghan se aleja de cualquier sentimentalismo excesivo: es delicada y sencilla, pero jamás sumisa; vulnerable, pero siempre digna. Particularmente hermosa resulta la decisión de vincular la magia con la presencia cercana del espíritu de la madre perdida, una idea que aporta profundidad emocional y transforma el relato en una reflexión sobre la memoria, el afecto y la esperanza. El final tampoco propone una fiesta brillante sino que se inclina por la ternura y el lirismo. 

La producción visual alcanza un nivel sobresaliente. La escenografía de Christopher Ash aporta elegancia y funcionalidad, permitiendo que la acción fluya con naturalidad entre los distintos espacios dramáticos. Pero es la iluminación de Ricardo Castro la que termina por elevar la propuesta a una dimensión excepcional. Las transiciones están resueltas con admirable sutileza y la luz se transforma en una herramienta narrativa fundamental para describir estados de ánimo y marcar los delicados límites entre el mundo real y el universo feérico.

El vestuario de Loreto Monsalve complementa esta visión con inteligencia y sobriedad, reforzando la elegancia general de una puesta que encuentra su fuerza precisamente en la contención y el buen gusto.

El Ballet de Santiago respondió al desafío planteado por Monaghan con una actuación de alto nivel que dio cuenta de una compañía rica en personalidades artísticas y recursos técnicos. Las hermanastras de María Lovero y Deborah Oribe fueron sencillamente memorables: tan absurdas como malvadas y patéticas, conquistaron al público, que premió cada una de sus apariciones con entusiastas aplausos. Igualmente sólida fue la composición de María Dolores Salazar como una madrastra altanera y cruel.

Laleska Seidel encontró en esta producción un personaje ideal para sus cualidades artísticas. Su Cenicienta fue fina, delicada y luminosa, dotada de una expresividad rica en matices y de una presencia escénica que capturó la atención desde su primera aparición. A ello sumó una ejecución técnica impecable, resolviendo con aparente naturalidad una escritura coreográfica muy exigente. Felipe Arango encarnó un Príncipe elegante, sobrio y distinguido. Su trabajo evitó cualquier afectación romántica para construir una figura noble y convincente. Particularmente bellas resultaron sus variaciones con la zapatilla durante el tercer acto, momentos donde desplegó su capacidad para la expresión poética del movimiento.

Mención especial merecen Milagros Perrella (Primavera), Oriana Scheidigger (Verano), Mariselva Silva (Otoño) y Rocío Gómez (Invierno), quienes enfrentaron con solvencia algunas de las páginas más complejas de la coreografía. Del mismo modo, fueron un lujo los aportes de Cristopher Montenegro como Diseñador, Mauricio Serendero como Jardinero, Iván Martínez como Peluquero y Matías Romero como Maestro de Baile.

Un capítulo aparte corresponde a la interpretación de la partitura de Prokofiev por parte de la Orquesta Filarmónica de Santiago bajo la dirección de Pedro Pablo Prudencio. “La Cenicienta” constituye una de las grandes creaciones para ballet del siglo XX. Su riqueza orquestal, su alternancia de luz y oscuridad, la constante transformación de los motivos temáticos, los cambios de carácter y la sofisticación de sus ritmos exigen una precisión extraordinaria tanto del director como de los músicos. La Filarmónica abordó estos desafíos con notable seguridad, revelando tanto la transparencia de las texturas como la potencia de los grandes momentos sinfónicos. Prudencio condujo la partitura con firmeza narrativa y sensibilidad para el detalle, logrando una estrecha comunicación con el escenario.

Fotografias: Alberto Díaz