
Todo un récord: en el Teatro Municipal de Santiago el ballet “La Cenicienta” ha sido objeto de tres estrenos de coreografías diferentes en las últimas tres décadas, manteniendo la misma partitura musical de Sergei Prokofiev.
A dos propuestas de Marcia Haydée viene a sumarse ahora esta tercera, firmada por el coreógrafo australiano Luchlan Monaghan. Si en las anteriores la narración danzada del célebre cuento de hadas estaba intervenida, con sobrecarga protagónica de algunos personajes y elusión de ciertos momentos clave, esta nueva creación llega rescatando mucho del relato original, con una mirada ambiental tradicional que queda estampada por un vestuario que, aunque con toques puntuales de eclecticismo, observa tiempos pasados imprecisos de leyenda.
Resulta curioso entonces constatar que este apego por el relato convencional venga a contradecir esa imagen modernizante de Cenicienta en bicicleta (¡!) que el Municipal ha dispuesto en la portada del programa de sala y en la campaña publicitaria de anuncios de este montaje. En él no hay tal vehículo ni su pedaleo por ninguna parte.
Cualesquiera sean las ideas que traiga un determinado coreógrafo, este ballet se plantará siempre con imposiciones estructurales que no pueden alterarse, más aún cuando en su acción abundan las situaciones estrechamente ligadas a una música inamovible. Por ejemplo, ya viene preestablecida una sobrevaloración protagónica que, sí o sí, debe darse a las hermanastras, y también la atadura al desarrollo de una escena final demasiado íntima, poco triunfal o palaciega.
Más allá de esta suerte de cartilla de mandatos, “La Cenicienta” permite a un nuevo coreógrafo de turno tomarse libertades, jugar con matices o intercalar episodios de su propia cosecha. Y así es como la presente propuesta resta importancia al rol titular y beneficia al Príncipe, cuyas variaciones más abundantes y vistosas desmedran la participación femenina solista. Sus pas de deux, además, resultan deslavados. Se echa de menos una mayor presencia del icónico momento inicial en que la melancólica sirvienta ninguneada baila con su escoba amiga. En el caso de las hermanastras, Monaghan las trata sin aquellos toques grotescos ya tan recurridos, privilegiando acertadamente conductas de torpe refinamiento. La madrastra no exuda maldad sino una elegante extravagancia. Hay un jardinero-mayordomo de omnipresencia poco clara y un padre cuya fugaz aparición final provoca más interrogantes que algún asomo de ternura paternal. En fin...
Gran desafío ha sido para la compañía del Ballet de Santiago mostrar este estreno, a tan poco tiempo de haberse lucido con “Romeo y Julieta”, de gran calado y lineamientos muy opuestos. Junto a una rotación de solistas principales y roles secundarios, los pequeños grupos y el cuerpo de baile responden muy bien, advirtiéndose que, por los mismos dictados estructurales ya señalados, estas danzas colectivas suenan a mucho.
Otro desafío, superado con mucha calidad, es el abordaje de la música de Prokofiev, con no pocas partes complejas y sombrías, en una conducción ejemplar de Pedro-Pablo Prudencio frente a una Orquesta Filarmónica en su punto.