Ópera
12 de Mayo, 2026

“La Bohème” (2): sorpresón de Rodolfo

Por Mario Córdova

La apertura de la temporada 2026 del Teatro Municipal de Santiago llegó a toda taquilla con “La Bohème”, en dos elencos alternados y una buena presencia de chilenos.

A veces sucede -  en esta ocasión lo fue -  que sendos estrenos se pisan los talones en días seguidos. Y así, cuando se tiene en la posibilidad de ver ambos, con el primero tan cercano aún resonando en la cabeza, surgen  percepciones y sorpresas, que sí o sí obligan al uso de la balanza de las comparaciones.

En la segunda función volvieron a apreciarse resultados musicales notables a nivel general ya anotados en un anterior comentario, aunque lo que inmediatamente resaltó fue la inmensa superioridad del tenor en el rol de Rodolfo. Aquí el estadounidense Kameron Lopreore impactó con aquel apropiado y necesario volumen del que su colega anterior careció. Pero no fue sólo eso; su recio timbre y  su capacidad expresiva, con una escena final desgarradora   “Mimí! , “Mimí!”…)  lo lucieron acaso como el mejor integrante del reparto. Sobresaliente. La Mimí de la usbeka Angelina Akhmedova fue distinta -  otra Mimí -  con  bondades diferentes, luciendo una voz de mucho color, igualmente bien transmisora de grandes emociones y un registro medio  bajo de clara solidez, que causaron hondo impacto en el tercer acto. 

El coreano Yeontaek Yang (Marcelo), mostró sobrada calidad, dejando oír un canto baritonal más lírico que el de su colega y un histrionismo más retenido. Pilar Garrido (Musetta), soprano ya consagrada, dejó deudas por pagar al entregar un disparejo control del volumen. El Vals lo cantó con soltura y energía, pero en el resto tuvo varios pasajes de reducida intensidad sonora. 

Sergio Gallardo (Schaunard), de reconocida carrera como bajo bufo, sacó a relucir algo de esa buena dote vocal y abordó con gran teatralidad su personaje. Por su parte, Francisco Salgado (Colline) reafirmó su calidad de magnifico bajo-bajo entonando el aria del abrigo con hondos y elocuentes sentimientos de filósofo. 

Al ver esta “Boheme” por segunda vez, este comentarista volvió a captar la poca sustancia de la presencia de Giacomo Puccini (Francisco Pérez-Bannen) en la acción, siempre en una actitud de silente observación solapada que aportó  poco o nada. La idea pareció válida, pero su materialización no fue lograda. 

Volvió a apreciarse la misma acertada dirección escénica de Cristina Gallardo-Domas, cuyos principales sellos fueron el adelanto de la acción a 1945 (evidenciado más en el vestuario (Loreto Monsalve) que en los decorados (Julián Hoyos) ), el aumento de la teatralidad argumental y la expansión de las locaciones.  Por su participación fugaz en el alborotado segundo acto, con boina roja y un perrito en brazos, mucho público puede haber seguido de largo, sin reconocerla.

Una vez más, también, estuvieron en su punto los coros (adulto e infantil) y la Orquesta Filarmónica de Santiago, tan sabiamente conducida por Paolo Bortolameolli.

Uno y otro elenco ofrecieron dos muy buenas versiones, iguales pero diferentes, de “La Boheme”, imperecedera joya de la ópera universal que, desde su estreno en el Teatro Municipal de Santiago en 1898, ya roza seis decenas de temporadas en ese mismo recinto.