Música
07 de Septiembre, 2026

Katharinas filarmónicas…

Por Jaime Torres Gómez

La Orquesta Filarmónica de Santiago atraviesa por un excelente momento, avalado por todas sus intervenciones de las temporadas de ópera, ballet y conciertos del Teatro Municipal de Santiago, y llegando hoy casi al umbral del histórico nivel alcanzado hasta el 2006, año que constituyó un punto de inflexión respecto el nivel alcanzado -en su momento, una de las cinco mejores orquestas latinoamericanas-, superándose sostenidamente.

Fundamental ha sido la creciente llegada de solventes maestros invitados más el trabajo de los últimos dos titulares y su director residente. Y en este contexto, a la luz de los rendimientos constatados, el reciente concierto de abono consultó el debut en Chile de la joven y talentosa directora austríaca Katharina Wincor, premiada en relevantes concursos internacionales y huésped habitual de importantes orquestas internacionales.

Con un convencional programa (quizás, excesivo…), contempló “sólo” dos obras claves del romanticismo musical, siendo menester haber considerado alguna tercera pieza de corta duración a manera de inicio, y así redondeado de mejor forma.

Inició con el Concierto para Cello de Antonin Dvorak, que, en rigor, poco se ofrece localmente, considerando su amplia popularidad. Este concierto, quizás el Rey de los Conciertos para Cello…, goza de amplio beneplácito por su directo encanto, enjundia y magnífica construcción, y sin duda un desafío no menor para solista, director y orquesta. En consecuencia, la elección de sus protagonistas debiera obedecer a un riguroso criterio de excelencia ante la exigente demanda interpretativa requerida. De hecho, reviste cierta incomodidad para el/la solista, debiendo lidiar con una amplia masa orquestal, y naturalmente requiriendo de completa complicidad con la batuta ante una frondosa riqueza dialogante.

Los referentes en la Filarmónica son potentes, contando con leyendas del cello como Christine Walevska (1976), Leonard Rose (1979) y mucho después Antonio Meneses (1996), asimismo, versiones de muy grato recuerdo como las dos hechas con Andrés Díaz. Y en el caso de la presente versión, contempló –inusualmente- a la solista en cello de la Filarmónica, dado que ha sido recurrente el Dvorak sea encomendado a solistas con un rodaje permanente como tales, ponderándose el hecho de dar una oportunidad a solistas de la orquesta para presentarse en la temporada internacional de abono como una inmejorable instancia de crecimiento artístico.

De esta forma, la destacada solista filarmónica Katharina Paslawski pudo demostrar su solvencia formativa, brindando una aguerrida interpretación que dio cuenta de una entrega fuera de toda rutina, relevando la deseable expresividad de toda obra romántica. No obstante ello, en el camino, no estuvo exenta de escollos (función del día sábado) en cuanto un mermado caudal para un debido balance con la masa orquestal, redundando inevitablemente con notas calantes en algunos pasajes, ameritando en esta oportunidad haber disminuido el orgánico de cuerdas en beneficio de la solista. Muy bien dibujadas las líneas melódicas, aunque, en momentos, con portamenti y rubatos algo descontextualizados. Inteligente complemento de la tocaya batuta, obteniendo buen ensamble de la orquesta, aunque, a ratos, fallando algo la afinación en algunos bronces.

Como segunda obra, la Segunda Sinfonía de Johannes Brahms, recurrente en las programaciones de las orquestas locales. No exenta de dificultades en su abordaje interpretativo y rendimiento orquestal, se trata de una composición algo ingrata al tener que equilibrar una oposición de motivos de gran amabilidad (marcado carácter “bucólico”) con otros de viscerales arranques, para así arribar a un jubiloso espíritu concluyente.

Estupenda lectura de Katharina Wincor, de irreprochable coherencia discursiva, generosa en matices, acentos y arrojada progresividad expresiva. Corriendo riesgos con muy animados tempi, empero, la claridad expositiva jamás se desdibujó, no incurriendo en destempladas velocidades ni en extemporáneos arranques, y obteniendo lo mejor de los filarmónicos, considerando un natural cansancio ante una bestial carga de trabajo luego de tantas presentaciones en el foso como en el escenario (en deuda esta vez la homogeneidad de los bronces y algunos vientos). Con todo, un importante resultado artístico, y debidamente justipreciado por el entusiasta público asistente.

En suma, una amable jornada filarmónica en manos de dos solventes Katharinas…