
No es común que en un programa de conciertos de una de nuestras grandes orquestas sus principales figuras (dirección y participación solista) sean mujeres. Mucho menos habitual, casi imposible de que ello suceda, es que ambas tengan el mismo nombre.
En lo que fue un sorpresivo hecho con esa coincidencia, sin precedente alguno, la más reciente fecha de temporada de la Orquesta Filarmónica de Santiago recibió a la directora austríaca Katharina Wincor y la violoncelista polaca (radicada e Chile) Katharina Paslawaki.
Esta última, integrante desde hace muchos años la señalada orquesta, fue la solista en el Concierto en si menor, Opus 104, de Antonin Dvorak, que, sin una obra breve previa de aperitivo sinfónico, irrumpió de sopetón en el Teatro Municipal con toda la grandiosidad de ser considerada por legiones como la más bella y mejor lograda composición del repertorio para cello y orquesta.
En lo que podría calificarse como una admirable complicidad femenina en aras de la perfección, la Wincor desarrolló un trabajo impecable, siempre atenta a la labor de su tocaya. Pero antes de la entrada del cello, la orquesta tuvo para sí sola una extensa introducción en que la directora invitada lució por entero sus bondades. Este pasaje fue llamando tanto al potente tutti orquestal, como a las cuerdas y, por separado, a diversos vientos, toda bajo uno y otro matiz. Esto fue más que suficiente para calibrar la alta calidad de una dirección que luego continuaría en el mejor nivel.
Más allá de su amplia labor conocida en música de cámara, la otra Katharina realizó aquí el mayor y mejor desempeño de su carrera en Chile. Si bien, tal vez nervios mediante, su comienzo en este concierto partió con compases muy energizados, la corrección no tardó en llegar con magníficos tañidos, portadores de todos los ánimos cambiantes con que Dvorak impregnó tan magna obra. Así, debe destacarse la atmósfera melancólica que ambas Katharinas infundieron en el segundo movimiento (Andante), nuevamente con lucidos solos de viento, y la bizarría del movimiento final, de aparición casi marcial, dando paso a momentos melancólicos, que tras el sorpresivo recuerdo del primer tema del concierto, agarra nueva fuerza para presentar un final arrasador. ¡Bravi Katharinas!
Total acierto fue completar el programa de esta jornada con una obra de Johannes Brahms, con quien Dvorak estableció mucha cercanía personal y recibió influencias estilísticas.
Se interpretó su Sinfonía N° 2, muy contrastante de la que la antecede por su expansión hacia una jovial serenidad, expuesta a todo su largo, pero sublimada en el Allegretto Grazioso del tercer movimiento, en que Katharina Wincor condujo exquisitas entradas plenas de gracia del oboe solista y luego, un concluyente cuarto alegre e impetuoso.
La Filarmónica se percibió tocando henchida, ante esta directora, menuda ella, debutante en Chile, que debió salir muchas veces a saludar, porque los aplausos finales que la premiaron fueron extensos y atronadores.