Cine
13 de Marzo, 2026

“Fue solo un accidente”: venganza y humanidad

Por Álvaro Inostroza Bidart

Hay cineastas que en sus películas logran combinar equilibradamente el buen uso del lenguaje cinematográfico con el tratamiento de los temas que caracterizan más profundamente al ser humano; como por ejemplo la venganza y el perdón.

Esto se logra acertadamente en “Un Simple Accidente” (2025), cinta dirigida, escrita y producida por el cineasta iraní Jafar Panahi; que explora en los deseos de venganza de un pequeño grupo de ex presos políticos, al toparse con su antiguo torturador; y de cómo va evolucionando ese anhelo en la medida en que lo conversan y que conocen a la familia del verdugo.

Panahi, de 65 años, es uno de los más destacados exponentes del nuevo cine iraní; y ha dirigido además “El Globo Blanco” (1995), “El Espejo” (1997), “El Círculo” (2000), “Sangre y Oro” (2003), “Fuera de Juego” (2006), “Esto No es una Película” (2011), “Pardesh” (2013), “Taxi Teherán” (2015), “Tres Camas” (2018) y “Los Osos ya no Existen” (2022), filmes en los que mezcla el estilo documental y el de la ficción, con elementos del teatro; con preocupaciones centradas en los derechos de la mujer en su país y en el ejercicio de la libertad y de los valores del humanitarismo.

En “Un Simple Accidente”, Panahi se mantiene fiel a esta simbiosis, con un interesante y progresivo tratamiento de la venganza y la redención en los personajes. Todo parte cotidianamente, con una familia que vuelve de noche a su casa en su automóvil y quedan en pana. En el lugar donde los ayudan, el dueño, Vahid (Vahid Mobasseri), reconoce al padre, Eghbal (Ebrahim Azizi), como su antiguo torturador, cuando estuvo preso por razones políticas.

Cuando está por matarlo, duda de su identidad y empieza a involucrar a otros ex reos para identificarlo; lo que hace que el problema de la venganza deje de ser individual, para ser un problema social; o al menos es lo que el director quiere que reflexione el espectador. Primero es la fotógrafa Shiva (Maryam Afshari), luego su amiga, la novia Goli (Hadis Pakbaten) y por extensión el novio, Ali (Majid Panahi) y finalmente el más joven y colérico Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr), que luego de identificarlo, sólo desea acabar con él.

Es curioso cómo este grupo oscila entre ser víctimas o victimarios, demostrando a las claras los distintos niveles de humanidad que hay entre ellos. Hay una escena en el desierto, cuando están aguardando a que Eghbal despierte de las drogas que le han inyectado, que claramente tiene origen teatral, tanto que uno de los personajes alude directamente a la obra “Esperando a Godot” de Samuel Beckett.

Luego todo cambia cuando contestan el celular de Eghbal y escuchan a su hija llorando porque su madre embarazada se siente mal y necesitan a su padre, involucrándose un par de ellos en ayudar a la pequeña, produciéndose un viraje moral que divide al grupo radicalmente.

El desenlace es de alta intensidad cuando se enfrentan, como al comienzo, sólo Vahid y Shiva al torturador, logrando su confesión y su posterior remordimiento, en una evolución inesperada y dramática, pero profundamente humana.