Música
01 de Agosto, 2026

Desde una inmersiva desolación a la alegría sublimada

Por Jaime Torres Gómez

De los más atractivos de toda la actividad musical de Santiago fue el undécimo programa de la temporada internacional de la Orquesta Sinfónica Nacional, tanto por su inteligencia programática como por la jerarquía de resultados.

Considerando una asistencia variable a lo largo de la temporada, en esta oportunidad (función del día sábado) pudo apreciarse un equilibrado marco de público, considerando que se incluyó una obra sigloveintera poco conocida más otra del repertorio romántico no del todo popular.

Sin preceder alguna obra de corta duración (¿habría sido necesario…?), inició con el Concierto para Viola y Orquesta (1985) del ruso Alfred Schnittke (1934-1998), sin duda una obra capital del siglo XX. Cabe señalar que la actual temporada de la Sinfónica ha contemplado importantes estrenos y reestrenos, tratándose en esta oportunidad de una reposición luego de 12 años de su estreno en Chile.  

Schnittke, compositor prolífero, tiene un catálogo de obras de la más amplia gama de combinaciones, no extrañando su contribución para la escasa (e injusta) literatura violística. De hecho, quizás las mejores contribuciones de conciertos para este noble instrumento se dieron en el siglo XX, con los conciertos de Béla Bartók, Sofía Gubaidulina (que urge ofrecerlos localmente) y el recientemente presenciado.

Compuesto en el verano de 1985 (poco antes de morir) y dedicado a la leyenda viviente de la viola, el ruso Yuri Bashmet, no resulta extraño que, según indican autorizados musicólogos, la obra contenga códigos ocultos como la alusión al nombre del mismo Bashmet, en claves de una mezcla de notación en alemán y francés: B-A-Es-C-H-Mi, producto de su fuerte admiración y amistad con el violista. 

De poliestilístico carácter -con fuerte libertad armónica y formal-, constituye un visceral testimonio de la coyuntura histórica que vivenció el compositor, traducida en claroscuros de una profunda desolación y desesperanza, aunque, en momentos, con halos esperanzadores... De rara orquestación, dispone de un orgánico que prescinde de violines, aunque considerando un generoso contingente de percusión más una curiosa combinación de instrumentos como clavecín, celesta, piano y arpa, en buena parte para dibujar una atmósfera ora de absoluto oscurantismo, ora de esbozos de alguna luminosidad… 

Contando con el debut en Chile del destacado violista ruso Vladimir Babeshko, colaborador de grandes figuras mundiales, entre ellos con Yuri Bashmet, contempló además el debut en la Sinfónica del talentoso maestro uruguayo Diego Naser

Con descollante desempeño artístico y técnico, Babeshko plasmó irredargüible autoridad, develando el lúgubre y desquiciado carácter de la obra. Impactante la exposición de las primeras gélidas y dolorosas notas iniciales (sin preludio orquestal pleno, sino gradual) que presentan un motivo con suerte de leiv motiv de seis notas base admirablemente desarrollado y citado a lo largo de toda la obra. A la vez, idiomático abordaje de los frenéticos arpegios iniciales del segundo movimiento, más impactante profundidad en la elegía inicial (momento clave del concierto) del tercer movimiento, junto a un desgarrador desarrollo hacia el final, denotando el completo pesimismo inserto, aunque relevando, con entero empoderamiento, los escasos momentos líricos con desarrollos emotivamente asimilados. Con empáticas progresiones expresivas más un impresionante despliegue de acentos y colores, el connotado violista tuvo el mérito de hilvanar una interpretación que llevó a la audiencia al estadio del paroxismo... Notable la alada batuta del maestro Naser, con total entendimiento de la obra en su conjunto, proveyendo un marco sonoro pletórico de balances y matices, y obteniendo de los sinfónicos máximo rendimiento global. Inapelablemente, un triunfo cabal que será largamente recordado

Luego de una inmersiva desolación previa con Schnittke, como inteligente contrapunto, llegó la largamente ausente Sinfonía N° 1 “Primavera”, de Robert Schumann, recibiéndose con entero beneplácito. De romántico y optimista carácter, la “Primavera” fue compuesta quizás en el momento más feliz del compositor al ser dedicada a su amada Clara Wieck, poco tiempo después de contraer matrimonio. 

Gran versión de Diego Naser en todo ámbito, firmando una versión de completo entendimiento de las complejidades schumannianas. Gran manejo de las fluctuaciones armónicas, desarrollando, sin tropiezos, una interpretación de irreprochable idiomatismo a través de una coherente adopción de tempi, soberbio manejo de los planos sonoros más una inteligente disposición de matices y acentos en pleno correlato con el todo. La Sinfónica, en estado de gracia…, con formidable calidad sonora y ajuste, justipreciando al talentoso director con atronadores aplausos y pataditas. 

En suma, un momento estelar de la presente temporada de la decana orquestal del país, transitando desde una profunda e inmersiva desolación hacia una alegría sublimada, con un solista y un director que ameritan un necesario retorno…