
A pesar de partir de Chile al exilio en 1973, y no regresar a vivir a nuestro país nunca más, el cineasta Raúl Ruiz, que se avecindó en París, nunca dejó de hacer cine chileno. Era multifacético y cosmopolita. Podía hacer cine francés, cine portugués; pero necesitaba cada cierto tiempo venir a Chile y hacer cine acá, que lo conectaba con lo profundo de su infancia y juventud, que siempre estaba en su memoria, de forma bastante melancólica.
A esa fuerte pulsión corresponde “Días de Campo” (2004), cinta dirigida y escrita por Ruiz, inspirada libremente en los cuentos del escritor chileno Federico Gana, y cuyo eje central es la conversación que sostiene el protagonista, el escritor Federico Encina (viejo, Mario Montilles y más joven, Marcial Edwards), con un amigo (el escritor Poli Délano), en un bar tradicional de Santiago. En este diálogo, lúdico y sarcástico, como el propio estilo narrativo de Ruiz; no queda claro si están vivos o muertos; pero recuerdan la vida de Encina en su hacienda del valle central chileno, con nostalgia y emoción.
Ruiz (1941-2011), nacido en Puerto Montt, comenzó a escribir cuentos, desde muy pequeño, para llegar al teatro y los guiones. En 1968 dirigió su primer filme: “Tres Tristes Tigres” y luego “Palomita Blanca” (1973), que sólo se estrenó en 1992. Ya en Francia dirigió más de cien largometrajes, pero destacaremos sus películas “chilenas”: “Diálogo de Exiliados” (1974), “La Vocación Suspendida” (1977), “La Hipótesis del Cuadro Robado” (1979), “Tres Coronas del Marinero” (1982), las series “Cofralandes” (2001), “La Recta Provincia” (2007), “Litoral” (2008) y los largos “El Pasaporte Amarillo” (2009) y “La Noche de Enfrente” (2012).
Como se ve, nunca dejó de hacer cine con referencia a su país y “Días de Campo” es un excelente ejemplo de este impulso incontrolable, que tenía que ver con su manera de ser, que se reconocía en el campo y en la costa chilena, en el lenguaje nacional, oblicuo, lacónico y coloquial.
En estas “vueltas” a Chile, Ruiz trabajaba con sus amigos o sus “compañeros de juegos”, como los llamaba. En “Días de Campo”, aparte de Délano, participan otros escritores, el poeta Manuel Silva Acevedo y Mónica Echeverría (señora Carmen); otros directores de cine, como Carlos Flores (el abogado Urzúa) e Ignacio Agüero (Daniel Rubio), el coreógrafo Patricio Bunster; y una de sus actrices chilenas predilectas, Bélgica Castro (Paulita), junto a los entonces jóvenes Francisco Reyes (doctor Chandía), Rosita Ramírez (Petita) y Amparo Noguera (Miss Chazal).
En el sonido y en la fotografía, dos elementos claves en el cine de Ruiz, la elección no fue casual. La evocadora música estuvo a cargo de Jorge Arriagada, colaborador habitual del chileno, y fragmentos del gran Alfonso Leng. La fotografía, por su parte, estuvo a cargo de Inti Briones, que trabajó con Ruiz en varias de sus series; por lo tanto, tuvo el ojo para captar esas imágenes que estaban en el subconsciente del gran realizador nacional.
Ruiz, en “Días de Campo”, expone a cabalidad su estilo cinematográfico, tan apropiado para retratar la identidad nuestra. Entre costumbrista y surrealista, los personajes oscilan entre lo soñado, lo recordado, lo vivido y lo anhelado; todo parte de una sola realidad: la que configura la existencia humana.