Cine
06 de Noviembre, 2026

Cuerpo Celeste

Por Álvaro Inostroza Bidart

Hay una mirada provinciana o desde la periferia en el cine, que tiene que ver con el asombro que inspira la naturaleza y con reparar en situaciones y personajes alejados de la grandilocuencia y del heroísmo de las grandes ciudades; y cuya importancia y conflictos tienen que ver con la dificultad que supone la existencia cotidiana, para personas sensibles y sinceras.

Esta podría una de las conclusiones de “Cuerpo Celeste” (2011), cinta dirigida y escrita por la cineasta italiana Alice Rohrwacher y que cuenta la historia de Marta (Yile Yara Vianello), una preadolescente de casi trece años; que regresa con su familia a Reggio Calabria, después de vivir diez años en Suiza; y que se encuentra en la difícil transición que implica su confirmación en la Iglesia Católica y su entrada a la adolescencia, con su primera menstruación; hechos que la hacen enfrentarse y preguntarse con las decisiones que están tomando por ella. 

Rohrwacher, de 44 años, luego de “Cuerpo Celeste”, que fue su ópera prima y que la colocó inmediatamente en la primera línea del cine europeo; ha dirigido otros cuatro largometrajes, igual de interesantes y donde mantiene sus marcas de estilo: “El País de las Maravillas” (2014), “Lazzaro Feliz” (2018), “Futura” y “La Quimera” (2023), que han ratificado el talento que demostró tempranamente.

En “Cuerpo Celeste”, desde la primera escena nos damos cuenta de que estamos ante una mirada distinta. Con cámara en mano el espectador asiste a una procesión católica de noche, en la cual el Padre Mario (Salvatore Cantalupo) informa a los feligreses que llegará en cualquier momento el obispo (Renato Carpentieri); lo que hace suponer una fuerte religiosidad en el lugar, que con el correr de los minutos, irá mostrando todas sus contradicciones.

Por otra parte, la familia de Marta, integrada también por su madre, Rita (Anita Caprioli) y su hermana mayor Rosetta (María Luisa De Crescenzo), junto con sus parientes de Calabria, forman un núcleo fuerte, como contraposición a las debilidades de la Iglesia, bien representadas en la ayudante del cura Mario, Santa (Pasqualina Scuncia), que tiene a cargo el catecismo previo a la confirmación de los jóvenes del pueblo, de los cuales Marta es la menor. Esto no obsta para que ésta tenga una firme curiosidad, acompañada de un espíritu de libertad, que la hacen interrogarse por las cosas y no aceptarlas por un mero autoritarismo de los adultos.

Marta protagoniza una serie de escenas inolvidables por su fuerza visual y existencial: como cuando los niños recorren la iglesia vendados, por orden de Santa; o cuando observa la ciudad desde el techo del edificio en que vive, en que observa a los niños recolectores de desechos útiles o a las viejas que entonan canciones religiosas, con inocente pasión. También le toca ser testigo de hechos muy alejados de Dios, como la campaña de proselitismo político que realiza el cura Mario, por orden del obispo; o el asesinato de gatos recién nacidos que realiza el feligrés Ignazio (Carmelo Giordano), por orden de Santa; causándole gran dolor a la niña.

A pesar de todo, y del símbolo que significa la caída de un gran crucifijo a los roqueríos, la mirada final sobre Marta mantiene la capacidad de asombro de la niña, por la maravilla de la vida y sus pequeños milagros.