
La Parroquia Santa Teresa de los Andes, en Lo Barnechea, fue el escenario este lunes 1 de junio de un acontecimiento musical poco frecuente en el panorama chileno: un concierto dedicado a la festividad de Corpus Christi que reunió a los coros de las parroquias Santa Teresa, San Juan Apóstol, La Transfiguración del Señor y San Francisco de Sales, junto al Coro Simphonie y un destacado conjunto de instrumentistas y solistas, bajo la dirección del compositor Álvaro Olavarrieta. Se debe a la agrupación Do-Re-Mi País y a su director, Rodrigo Silva.
Uno de los aspectos más significativos de la velada fue la disposición espacial de los intérpretes. Los coros, distribuidos tanto en la parte alta del templo como a los costados y en torno al altar, transformaron la arquitectura de la iglesia en un verdadero instrumento sonoro. El canto parecía surgir desde distintos puntos del espacio sagrado, envolviendo a los asistentes y creando una poderosa imagen de comunidad reunida en torno a la alabanza y la oración. No se trató simplemente de una presentación musical, sino de una experiencia que evocó el sentido más profundo de la tradición coral cristiana: el pueblo congregado que canta con una sola voz.
El centro del programa estuvo constituido por las obras de Álvaro Olavarrieta, compositor que desarrolla una labor singular y extraordinariamente valiosa en nuestro medio. En un país donde el canto litúrgico cotidiano suele apoyarse en repertorios sencillos y funcionales, muchas veces carentes de una ambición musical significativa, la propuesta de Olavarrieta representa un verdadero salto de calidad. Su música demuestra que la inspiración religiosa puede convivir con una escritura refinada, exigente y artísticamente relevante.
Su lenguaje es notablemente ecléctico, pero siempre coherente. En él convergen referencias a antiguas tradiciones litúrgicas, resonancias del canto sacro occidental, ecos de espiritualidades orientales y reminiscencias eslavas y españolas, todo ello integrado en una voz contemporánea de fuerte personalidad. Los textos elegidos revelan además una profunda cultura espiritual: Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz e Hildegard von Bingen, entre otros, dialogan en una creación que no busca ilustrar superficialmente lo sagrado, sino penetrar en su misterio.
No se puede sino pensar en Olavarrieta como una suerte de maestro de capilla de nuestro tiempo. La figura puede parecer inusual en Chile, pero sigue viva en numerosos centros de excelencia musical alrededor del mundo, desde grandes catedrales europeas hasta templos como el Oratorio Brompton de Londres. Su trabajo recuerda precisamente esa tradición: la del músico que no sólo interpreta o dirige, sino que crea nueva música para la vida de la Iglesia, alimentando su patrimonio artístico y espiritual.
Entre los numerosos momentos memorables del concierto destacó la hermosa fuga de “Perdónalos”, ejemplo de una escritura contrapuntística sólida y expresiva. “Caritas”, sobre textos de Hildegard von Bingen, alcanzó momentos de auténtica conmoción mística, mientras que “Oh noche”, inspirado en San Juan de la Cruz, desplegó un lirismo de gran belleza y delicadeza. Particularmente profunda resultó también “Mi carne es verdadera comida”, obra marcada por una intensa interioridad y una serena contemplación del misterio eucarístico.
El programa incluyó además dos pilares del repertorio sacro: la coral de la Cantata BWV 147 de Johann Sebastian Bach y el célebre “Panis Angelicus” de César Franck. Lejos de aparecer como simples añadidos, estas obras dialogaron naturalmente con las composiciones de Olavarrieta, subrayando la continuidad entre la gran tradición musical de la Iglesia y las nuevas creaciones surgidas en nuestro tiempo.
Mención especial merecen los solistas Karina Urrejola, mezzosoprano, y Juan Pablo Grimminck, tenor, ambos dueños de una notable expresividad y de un compromiso artístico que dio especial fuerza a cada una de sus intervenciones. Su capacidad para comunicar el sentido espiritual de los textos fue tan importante como la calidad vocal de sus interpretaciones. Destacadas interpretaciones ofrecieron también los tenores Mauro Piccardo (“Panis Angelicus”) y Eduardo Pacheco.
Lo vivido en Santa Teresa de los Andes fue la demostración de que la música sacra puede seguir siendo un espacio de creación viva, intelectualmente estimulante y espiritualmente profunda. En tiempos en que la belleza parece con frecuencia relegada a un segundo plano, iniciativas como ésta muestran que es posible elevar el horizonte artístico y litúrgico, ofreciendo una experiencia que une excelencia musical, tradición y fe en una síntesis auténticamente contemporánea.