
El más reciente programa de la temporada oficial de la Orquesta Filarmónica de Santiago brindó un atractivo viaje musical por lo convencional, lo novedoso y lo grandioso. El guía invitado que comandó este recorrido fue el famoso director francés Patrick Fournillier, en su primera presentación en Chile.
La partida fue dada por la célebre “Pavana para una infanta difunta” de Maurice Ravel, breve pieza dominada por el sosiego melódico, a la que no debe asociarse nada mortuorio ni fúnebre. La lentitud expresamente exigida por el compositor fue muy bien respetada por la batuta visitante, pero proyectando una sonoridad algo retenida, cuando no temerosa.
Gran sorpresa fue la novedad de la interpretación del Concierto para piano (1996) del polaco Wojciech Kilar, obra que es fiel representante de la corriente minimalista. Como tal, su audición bien puede haber sorprendido a quienes no manejaran información sobre ese estilo, provocándoles mayor incomodidad su singular primer movimiento, sección acaso abusiva en la repetición casi infinita de un mismo arpegio de sólo tres notas en el teclado. A partir del segundo la obra adquiere otro rumbo que provoca mejor interés, por cuanto desarrolla un coral muy imponente en que el piano y la gran masa de los instrumentos de cuerda avanzan por una ruta de matices muy religiosos y solemnes. Aquí el pianista Kuba Matuszczyk, también polaco, ascendió a un mayor lucimiento con un marco acompañante y dialogante sabiamente guiado por Fournillier. Otro gallo cantó aún más fuerte en el movimiento final, rítmico a más no poder, con mucha semejanza al tan escuchado “Malambo” de Alberto Ginastera. Solista, director y dirigidos, al borde del estallido sonoro, entregaron una versión electrizante de una obra de nuestro tiempo que de seguro la audiencia presente en el Teatro Municipal escuchaba por primera vez. Un prolongado aplauso atestiguó con entera fuerza aquel dicho que señala que el público siempre tiene la razón, pues el estruendoso batir de palmas dio su completa aprobación a la obra y su interpretación.
El plato de fondo fue de calibre grandioso: la “Sinfonía Fantástica” (1830) de Héctor Berlioz, compositor francés referente del manejo orquestal. Estando aún en plena vigencia los patrones del género llamado “sinfonía”, Berlioz dio un paso muy osado al concebir bajo ese nombre una obra que no lo es y debe entenderse como un gran poema sinfónico programático. En cinco movimientos, no los cuatro que establecía a quel patrón, Berlioz desarrolla una libre narración sinfónica sobre el sueño de un artista (él mismo) con miradas muy diversas, entre las que destacan las de sonoridades más opulentas: un baile, una fatídica marcha y una noche de brujas. Sin desmerecer lo que fueron las excelentes secciones de menor fragor, las tres citadas mostraron a Fournillier en su punto más alto, recibiendo de los filarmónicos sus más detallistas lineamientos.
La ovación final que premió la interpretación dio pronto paso a la emoción cuando el director no se resistió y tomó la palabra ante audiencia diciendo que, no siendo su costumbre la de hablar en esos momentos finales, sentía la necesidad de compartir con la audiencia sus más hondos sentimientos de gratitud y excitación por el momento vivido. Si la orquesta también aplaudió añadiendo patadas en el suelo fue porque reconoció que Patrick Fourniller es un maestro de excepción