Música
25 de Agosto, 2026

“Carmen” por las cuerdas

Por Mario Córdova

La buena memoria de pocos, ya muy adultos, permitirá recordar que hace más de medio siglo el Teatro Municipal de Santiago presentó el ballet “Carmen” con coreografía de Alberto Alonso y música de Georges Bizet, vaciada ésta por Rodion Schchedrin en un innovador arreglo para orquesta de cuerdas y gran contingente de percusión. Desde entonces nunca más se ha visto en escena esa obra, rescatada alguna vez sólo su partitura, interpretada en modo concierto. 

Así fue como se la escuchó en la más reciente fecha de la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la conducción del director chileno invitado Rodolfo Fischer.

Concebida como apoyo a un concepto coreográfico inspirado en la célebre ópera, el avance de las múltiples melodías extractadas no sigue el mismo orden original y que la estructura dada por Schchedrin es extremadamente fragmentada, sin nada que las una.  Así, el título asignado de “Suite” resulta justo, pese a su extensión de 45 minutos. El oyente puede ir reconociendo, una a una, las múltiples partes, llamando la atención que en el despliegue melódico aparecen dos préstamos de “La Arlesiana” del mismo Bizet,  no recurriendo a más temas ultra conocidos de la ópera misma, como la Seguidilla, la Canción Gitana o el aria de Micaela.

Ante la ausencia de instrumentos de viento, sólo las cuerdas sinfónicas en pleno (por eso el título de este comentario) entregaron una sonoridad maciza y absolutamente protagónica junto a la presencia muy activa de 5 percusionistas. En constante desplazamiento, por una docena de instrumentos del más variado sonido éstos crearon el más justo complemento, asentando certeras embestidas y haciendo de contrapunto a las cuerdas. 

La segunda parte agregó a los ausentes (y crecidos) vientos para la interpretación de la Sinfonía N° 5 de Sergei Prokofiev. Tremenda obra muy sintonizada con la música que este compusiera para el ballet “Romeo y Julieta”, sobre todos en sus movimientos segundo y cuarto, en que aparece una agilidad danzarina, en la que Fischer actuó sobreponiendo el ánimo puramente sinfónico.

Los movimientos lentos trajeron, en cambio, lirismo y una intensidad que por momentos asciende a lo explosivo, muy bien controlado por la batuta invitada.

La audición de esta obra, con vientos y percusión a todo dar, puso sobre el tapete algo que mucho se comenta: la insuficiente proyección sonora que a veces alcanzan las cuerdas más próximas a la platea cuando la toda la orquesta debe embestir. Es de esperar que la corrección de este problema, en que los maestros invitados tienen mucho por opinar y hacer, también pueda hallar solución en cambios en la movilidad de los paneles acústicos superiores de que dispone la moderna Sala Sinfónica Nacional.