
A solo tres años de su anterior montaje, regresó “Carmen” al Teatro Municipal de Santiago con la misma producción escénica. Ahora lo hace luciendo un rendimiento musical de crecida calidad, con su propuesta visual más equilibrada, restando algunos elementos teatrales que no la favorecían. Si en 2023 este comentarista tituló su reseña como “Carmen en technicolor” debido a un vestuario que tendía al chillón arco iris, esta vez debe repetir el calificativo por la colorida mantención del azul turquesa de los soldados, la muchedumbre final ¡toda de rojo estridente! y el permanente traje de combate (calipso-fucsia-dorado) del torero Escamillo, al final de la ópera también enrojecido.
La escenografía vuelve a optar por aquel diseño espacial simétrico, abstracto y funcional que, con algunos agregados, logra su mejor momento en el acto 2°. En el primero, en cambio, la excesiva desnudez no logra sugerir ni la plaza sevillana, ni el cuartel militar, ni la fábrica de cigarros… El acto 3° no acierta, al transformar el lejano paraje montañoso original en un bodegón con voluminosos lamparones colgantes.
José Miguel Pérez-Sierra dirige todas las funciones y ya se yergue como absoluto triunfador con su trabajo frente al canto solista, la Orquesta Filarmónica de Santiago y el gran Coro del Teatro Municipal.
En el muy reciente estreno del primer elenco, bastante parejo en rendimientos notables, sobresalió la mezzo- prano gabonesa Adriana Bignagni Les - ca (Carmen), en su debut del rol, luciendo un canto de voz robusta y ricas oscuridades, aunque unido a una actuación que no llegó a descollar. Ello porque si bien al comienzo exudó la sensualidad y fuerte personalidad que debe transmitir la gitana, con la evolución de la acción ese atributo se fue reteniendo. El tenor guatemalteco Mario Chang (Don José), también estrenando el personaje, desplegó una teatralidad en sentido contrario, pues su inmersión dramática tuvo un ascenso muy decidido. Algo similar fue el desarrollo vocal, en que su timbre recio alejó lo engolado, abriendo paso a una purificación tímbrica que lució en plenitud en el “Aria de la flor” y más aun en el dúo final, dominado por un arrojo de intensidades extremas. El barítono cubano Eleomar Cuello (Escamillo), ataviado al borde de una caricatura taurina, abordó el rol en completa firmeza, proyectando con muy buen volumen el adecuado timbre y canto que demanda el fatuo toreador.
El resto de este primer elenco fue servido por una pléyade de cantantes chilenos, ratificando el óptimo estado en que se encuentra la oferta de cantantes de la casa.
La soprano Isabela Díaz (Micaela) tal vez posea más atributos vocales que los que exige su rol. Por eso, más allá de lo que fue el dúo inicial, su gran aria del acto 3° fue encarada algo excedida en vigor y volumen.
La mezzosoprano Evelyn Ramírez, otrora una frecuente Carmen, y Vanessa Rojas desempeñaron una excelente performance como Mercedes y Frasquita, respectivamente. Conformando con ellas un perfecto quinteto del acto 2° y a dúo en el acto 3° estuvieron Nicolás Noguchi (Remendado) y Javier Weibel (Dancairo). Completaron el notable grupo de cantantes comprimarios chilenos el barítono Matías Moncada (teniente Zúñiga) y Fabián García (sargento Morales).
Raya para la suma: una producción con magnífica propuesta musical del primer elenco, con un montaje de vestuarios que puede recibir nuevas correcciones en una tercera reposición.