
Suma y sigue. A todo vapor la Orquesta de Cámara de Chile continúa brindando programas siempre marcados por su reconocida misión de interpretar obras que en su gran mayoría son relegadas al olvido o simplemente nunca antes han sido presentadas en nuestro medio.
Con su director titular Emmanuel Siffert a la cabeza, en la fecha más reciente de su larga temporada esta agrupación brindó una jornada dedicada por entero a compositores rusos (1850- 1950) con siete piezas de extensión mediana a breve.
Independiente o no de si ellas fueran conocidas, de seguro en la audiencia predominaba la expectativa previa de encontrarse con aquella colorida brillantez orquestal que tanto caracteriza al repertorio ruso. Y más aún, era esperable que llegara a saborearse la inspiración nacionalista, otro rasgo inconfundible de la música de zonas eslavas. Pero la descarga musical se concretó por una senda bastante distinta, enarbolada por sones calmos y retenidos en que predominó un despliegue melódico muy afable.
Tal cualidad apareció en la partida misma, con la “Obertura en Fa”, de Tchaikovsky, una pieza muy temprana en que ya se aprecian primeros asomos favorecedores de sones armoniosos.
Sin desarrollar una exposición que portara mayores cambios temáticos, la posterior “Serenata para cuerdas” de Vasily Kalinikov vino a exacerbar aquel afán melódico con arcos que parecían infinitos, sin variar hacia momentos de clímax.
Volvió Tchaikovsky, esta vez con sus “Variaciones Rococó” para violoncello y orquesta, generando la sección cuestionable en la calidad que prevaleció en la jornada. (este comentario alude al primera de las tres funciones dispuestas para el mismo programa). El solista Julio Barrios, no obstante su arrojo y seguridad interpretativas, no estuvo bien, ya sea por el escape de notas fallidas, por no llegar a la justa afinación y por la emisión de un sonido irregular, a veces poco grato, de su instrumento. Por fortuna, tuvo un pasaje iluminado (penúltima variación), que el público no vaciló en premiar con un aplauso cerrado. Siffert y sus dirigidos se lucieron, claro está, con el más justo marco acompañante.
El “Intermezzo” de Anton Arensky hizo vibrar las cuerdas orquestales, rememorando aquellos scherzos tan propios de Mendelssohn, dando paso luego a la “Serenata N° 2” de Alexander Grazunov, compositor al que debiera darse más presencia en nuestros días por su tan rica expresión melódica.
“Vocalise” de Rachmaninov – fina melodía en su máxima expresión-, pieza concebida originalmente con voz femenina solista, fue interpretada aquí en versión orquestal, escuchándose tal vez con sonoridades demasiado macizas.
La “Serenata para pequeña orquesta” de Nikolai Myaskovsky permitió percibir un gran sonido orquestal nada de pequeño. Pero también trajo por única vez ya en el final-final del programa esa brillantez, colorido y conexión folklórica.
Este viaje con boletos a la Rusia profunda fue un solaz en la oferta de conciertos orquestales santiaguinos, tan dada a quedarse pegada en los mismos repertorios.