
Hay cintas de autor fundamentales, que hay que verlas regularmente; y que combinan magistralmente imágenes salidas del subconsciente del director, con un guion autobiográfico, y que provocan la simpatía y la identificación del espectador, por su innegable originalidad y sensibilidad en el modo de contar audiovisualmente la historia.
Esto ocurre con “8 ½” (1963), película dirigida y escrita por el gran cineasta italiano Federico Fellini, considerada uno de los filmes más importantes de la historia del cine; porque construye y entrega una visión muy personal del realizador, en torno a la creación cinematográfica y a la existencia, con un lenguaje audiovisual de gran solidez y riqueza, que atrapa al observador desde las oníricas primeras imágenes hasta el hermoso y melancólico final, que reitera el amor de Fellini por el mágico mundo del circo, pasión que lo acompañó desde su infancia.
Fellini (1920-1996) dirigió una veintena de largometrajes, siempre con una línea muy personal; entre los que destacan además “El Jeque Blanco” (1952), “La Calle” (1954), “La Dolce Vita” (1960), “Giulietta de los Espíritus” (1965), “Roma” (1972), “Amarcord” (1973), “Casanova” (1976), “Y la Nave Va” (1983) y “La Ciudad de las Mujeres” (1988), entre otros.
En “8 ½”, el protagonista es Guido Anselmi (su alter ego Marcelo Mastroianni), un respetado director de cine, que está enfrentado a la realización de su próxima película, en medio de una crisis existencial y sentimental; pero que así y todo, intuitivamente, avanza, atravesando los fantasmas de su infancia, su relación de dependencia con las mujeres (incluida su madre, su abuela, su esposa, su amante y las actrices con las que trabaja), las exigencias del productor y la presión de la prensa y de la crítica especializada.
Con rapidez Fellini introduce al espectador en un mundo onírico, desde la primera escena, en que Guido va en una congestión automovilística y debe escapar volando, para no morir ahogado por los gases de su propio vehículo. De allí para adelante, se mezclan los sueños con los recuerdos y los apremios de lo que se espera de él, como prestigioso director de cine, con claros rasgos autobiográficos, ya que Fellini siempre se debatió entre hacer una obra personal y reflexiva, con la pretensión de tener una buena concurrencia en las salas de cine, lo que no siempre ocurrió a partir de la década del ’70.
Con la sugestiva música de Nino Rota, Guido se va enfrentando, a la defensiva como un niño, a la galería de extravagantes personajes que lo abordan, salvo quizás su esposa Luisa (Anouk Aimée) y su abuela (Georgia Simmons), más concretos. Las mujeres lo rodean: su amante Carla (Sandra Milo), la joven Gloria (Bárbara Steele), pareja de su amigo mayor Mezzabotta (Mario Pisu); las actrices Rossella (Rossella Falk) y la francesa Madeleine (Madeleine Lebeau) y la señora misteriosa (Caterina Boratto). Mención aparte merecen Saraghina (Eddra Gale), la exuberante mujer de su infancia, símbolo del pecado; y Claudia (Claudia Cardinale), en el rol de sí misma y que transmite la pureza de la mujer soñada e idílica.
En el mundo de los hombres, hay dos que representan a dos importantes inquietudes que siguieron a Fellini siempre; la aceptación de la Iglesia, en la figura del Cardenal (Tito Masini) y la aprobación de la crítica, encarnada en Carini (Jean Rougeul), el primero ausente y censurador; y el segundo, teórico, racional y frío.