
La actividad de la Sinfónica Nacional no da tregua, con presentaciones casi todas las semanas del año y no siempre fácil poder cubrirlas críticamente, siendo menester, en esta oportunidad, referirse de manera conjunta a tres importantes programas que ameritan destacarse dentro del avance de la temporada internacional de abono.
Es el caso del debut con la Sinfónica del importante maestro francés Pascal Gallois, ya conocido en Chile por su trabajo educativo en la comuna de La Pintana. Mundialmente reconocido como un virtuoso del fagot, constituía toda una novedad verlo como director, concretándose en esta oportunidad de la mano de un exigentísimo programa.
Con obras de alto tonelaje musical, tuvieron plena correspondencia interpretativa ante la autoridad con las que fueron abordadas, constituyendo una de las presentaciones más gravitantes de toda la temporada…
Del todo bienvenido el estreno en Chile de “Nones”, de Luciano Berio (1925-2003), compositor contemporáneo italiano de culto. Originalmente concebida como oratorio basado en textos de W.H. Auden, alude a la hora de las 3 de la tarde, momento de la muerte de Jesucristo, aunque expandida hacia la agonía del hombre moderno… Esto último, quizás, y en parte, al incorporar una guitarra eléctrica, brindándole completa originalidad texturante. Con notable claridad expositiva, el maestro Gallois logró hacer entendible una obra de innegable dificultad de percepción, obteniendo de los sinfónicos un rendimiento de completo ajuste.
De André Jolivet (1905-1974), luego de muchos años de ausencia en la Sinfónica, se ofreció su notable Concierto para Flauta y Orquesta de Cuerdas, sin duda de los más importantes del siglo 20 para dicho instrumento. Compuesto en 1950, y en una etapa donde Jolivet fue alejándose de la atonalidad, la obra ofrece una amplia gama de contrastes anímicos y de carácter, amén de una gran riqueza de colores, texturas y punzante rítmica, requiriendo de completo virtuosismo solístico más un soporte orquestal de bestiales requerimientos. Con una notable concertación del maestro Gallois junto a un virtuoso Vicente Morales (flauta solista de la Sinfónica) en su debut como solista de un concierto propiamente tal, dio cuenta de un inapelable triunfal cometido... Sin duda, Vicente Morales es un talento desbordante al que se le debe seguir su derrotero profesional, esperando prontamente verlo de solista en conciertos del calibre de Kachaturian, los de Mozart, Mercadante, Reinecke, Ibert, entre muchos…
Como broche de oro, una versión de antología de “La Mer” (“El Mar”) de Claude Debussy, también largamente ausente en la Sinfónica y a la vez estreno en la Gran Sala Sinfónica Nacional. Impactante y autorizadísima lectura de Pascal Gallois, logrando auscultar una serie de detalles jamás percibidos. Con empáticos tempi, Gallois desentraña lo más recóndito de la compleja estética debussyniana, logrando la deseable sonoridad suspensiva (esfumada) requerida. Con un enfoque de profunda interioridad, Gallois plasmó en plenitud lo evocativo y emotivo de la obra, obteniendo una respuesta de alta jerarquía de la decana orquestal del país. Gran trabajo en balances, texturas y colores, ameritando mayores colaboraciones de este maestro como autorizado músico y director…
La otra presentación destacada correspondió al programa dirigido por el solvente maestro nacional Rodolfo Fischer, con fructíferas colaboraciones previas junto a la Sinfónica Nacional. Con un exigente programa y también con obras largamente ausentes, contempló en la primera parte la Carmen Suite, de Bizet-Schedrin.
Conocida en Chile en presentaciones tanto en conciertos como en ballet, se trata de un arreglo en base a fragmentos de la célebre ópera Carmen, de Georges Bizet, realizado por el compositor ruso Rodion Schedrin (1932-2025). Concebido como música para ballet (con más de 45 minutos de duración), se trata de una original concepción en base a un orgánico de cuerdas y una amplia variedad de percusión. Estando los temas y escenas de la ópera más importantes, aunque no necesariamente conforme al orden original, de alguna forma debe entendérsela como una libre adaptación de lo temático como en lo sonoro. De hecho, no hay correspondencia estilística con la música de Bizet, optándose por una sonoridad áspera (al umbral de lo agresivo) que de alguna forma decontruye la partitura original, aunque de una exégesis perfectamente válida.
Notable trabajo del maestro Fischer (a quien se le recuerda su excelente dirección de la misma ópera en el Teatro Municipal de Santiago), logrando recrear con pleno idiomatismo las distintas escenas, ahora con una sonoridad alternativa y con distinta óptica escénica. Gran rendimiento de toda la cuerda, con esmaltado sonido, afinación perfecta, claridad de voces internas y buen ensamble general, más un deslumbrante resultado del pleno de la sección de percusiones.
La segunda parte consultó una excelente versión de la Sinfonía N° 5 de Sergej Prokofiev. Junto a la Primera Sinfonía (“Clásica”), son las más conocidas por un amplio público y las más frecuentadas de las orquestas. De penetrante discurso, esta sinfonía requiere de profundo entendimiento de sus intérpretes al disponer de muchos contrastes de carácter como de bestiales exigencias técnicas. Excelente versión de Rodolfo Fischer, entendiendo a cabalidad su trama interna. Grandes logros en colores, dinámicas, acertada adopción de tempi y coherentes progresiones expresivas. Magnífico rendimiento global de los sinfónicos.
Finalmente, un más que correcto debut del joven y ascendente director ucraniano-australiano Vladinir Fanshil, con un programa desparejo en su concepción… Comenzando con los emblemáticos Preludios Dramáticos, de Domingo Santa-Cruz, figura fundamental de la composición en Chile, lamentablemente no fue la pieza más acertada de incluir, considerando el carácter de las demás obras del programa, siendo más lógico haber recurrido a otras obras nacionales más neutras. No obstante un excelente rendimiento de la orquesta, Fanshil no demostró entender el pathos interno de la obra. Es el caso de su insuficiente construcción del desgarrador climax del primer preludio, como no haber destacado la esencia wagneriana del segundo preludio (con directa alusión al Tristán), aunque expresivo en el frenético tercer preludio.
Con radical (y extemporáneo) giro, llegó el notable y poco frecuentado Concierto en fa para Piano, de George Gershwin. De magnífica factura y atractiva estética, inspirada por lo nostálgico del blues más la viveza del jazz, es una obra de innegable virtuosismo para la parte solista como para varias secciones de la orquesta (principalmente metales y vientos). A la vez, requiere de una total consubstanciación solista-director. En esta oportunidad, el destacado pianista norteamericano Norman Krieger, también debutante en Chile, ofreció una versión más enfatizada en la pulcritud de lectura por sobre un mayor arrojo interpretativo. Con pianissimi en exceso delicados (poco audibles) más pocos contrastes, no tuvo correspondencia con la batuta, esta última descuidando el balance con el piano y discurriendo musicalmente por un carril diametralmente distinto respecto a la concepción del solista.
Finalmente, una muy buena versión de las Danzas Sinfónicas de “West Side Story”, de Leonard Bernstein, y de recurrente frecuencia local. Apreciándose buena sintonía con la obra, Fanshil tuvo logros superlativos en generosas exposiciones de las líneas melódicas, punzante rítmica, acabado trabajo de dinámicas, colores y atrapantes progresiones expresivas, logrando capturar una frenética adhesión de la gran cantidad del público congregado.
